Peña Gómez, Balaguer y el racismo (III)

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POR FRANKLIN FRANCO
En 1996, para sorpresa y abominación de los sectores racistas nacionales encaramados desde más de siglo y medio de la Independencia Nacional sobre la cima del poder económico y político de nuestra nación, surgió un negro de claro acento afrolatinoamericano como aspirante a la presidencia de la República, con posibilidades de lograr ese objetivo, debido a la extraordinaria popularidad que disfrutaba en el seno de las masas irredentas de la nación, negros y mulatos: el doctor José Francisco Peña Gómez, candidato del Partido Revolucionario Dominicano en los comicios del año señalado, y a quien la extrema derecha y el gobierno acusaban de ser de origen haitiano.

El anuncio y el crecimiento de esa candidatura que se situó de inmediato en todas las encuestas muy por encima de sus dos principales contendientes, Jacinto Peynado por el Partido Reformista Socialcristiano, liderado por Joaquín Balaguer, quien en ese momento ocupaba por sexta oportunidad la presidencia de la República, y del doctor Leonel Fernández, candidato del Partido de la Liberación Dominicana, fundado por el afamado cuentista, Juan Bosch, en 1973, originaron la inmediata salida a escena de todos los fantasmas y diablos aliados al racismo dominicano, decididos a detener las posibilidades presidenciales de un negro, “en una nación de profundas raíces hispánicas”.

En medio de lo que fue un verdadero festival del anacronismo, decenas de intelectuales y artistas supuestamente liberales y hasta progresistas, partidarios de Balaguer y de Fernández cerraron filas contra Peña Gómez, se sumaron a los aparatos propagandísticos de sus respectivas entidades políticas, para detener la llegada al poder de un hombre que calificaban de “primitivo”.

Fueron muchos los que colocaron su capacidad creadora al servicio del racismo en aquella oportunidad, pero sólo voy a comentar ahora sobre uno de ellos: el doctor Bruno Rosario Candelier, presidente de la Academia Dominicana de la Lengua.

Según escribió poco antes de las elecciones este reconocido narrador, poeta y ensayista: “El comicio electoral del 30 de junio de 1996 es crucial para el destino de la República, en vista de que se cree que el candidato presidencial perredeista es deudor de antiquísimos designios haitianos”. (El Siglo. 26 de junio de 1996)

En ese mismo texto expresó que todas las expresiones del líder del PRD “reflejan la impronta emocional o afectiva de que Peña Gómez es culturalmente haitiano y en consecuencia sus actitudes y gestos se subordinan a esa pauta de comportamiento ancestral que lleva empotrada en su espíritu”. (Ibidem)

Por tanto, agrega, “no le conviene a nuestro país que asuma el control del Estado dominicano, cuyas tradiciones culturales y religiosas peligran con el candidato del Partido Revolucionario Dominicano”.

Y para rematar, nuestro citado autor sostiene: “los reflejos culturales de su comportamiento pautan una actitud y una subordinación afines a sus ancestros haitianos”, en consecuencia, “la mayoría de los dominicanos estiman que con Peña Gómez al frente del aparato del Estado no hay garantía de supervivencia de los valores nacionales”.

No es mi intención exponer de que manera esas afirmaciones disparatadas echan a un lado principios científicos hartos comprobados, que subrayan que ni el origen étnico, mucho menos, los vínculos sanguíneos de los seres humanos, pueden moldear la personalidad, el comportamiento, el carácter y otras características de los hombres y mujeres. No, lo cito sólo para demostrar, como ese rasgo ideológico del sistema esclavista, el racismo, se aposentó e incubó en el pensamiento de quien ocupa la presidencia de la Academia Dominicana de la Lengua.

Las reminiscencias racistas del ordenamiento colonial, lamentablemente aun permanecen vigentes, sobre todo, en importantes sectores de la clase media, e incluso, en círculos intelectuales supuestamente liberales y progresistas.

Para sostener de manera precisa esa última afirmación voy a narrar algunos hechos que parecen obra de la fantasía. En 1990 fue publicado un ensayo que lleva por título “El ocaso de la nación dominicana”.

El epicentro teorético de esa obra, sintetizando, era el siguiente:

A causa de la gran migración haitiana, fenómeno que está socavando las esencias culturales nacionales, la nación dominicana se encuentra en peligro y en tal virtud, si no queremos sucumbir frente a esa oleada primitiva, tenemos que detenerla y enviar a esos intrusos y sus descendientes a su nación, pues esta migración tiene por propósito central, lo expreso según sus propias palabras “lograr el reconocimiento de la “nación haitiana” dentro del Estado dominicano”. Cita (Página 103, edición 2002), como un primer paso que nos conduciría a la fusión de ambos pueblos.

La tesis sostiene que el proyecto fusionista tiene el patrocinio de Francia, Canadá y Estados Unidos.

Según su autor: “Todo apunta hacia el ocaso de la nación que conocimos. Las emigraciones, la cultura, la lengua, los valores, lo que fue ayer la frontera espiritual –de 1801 a 1809, de 1822 a 1844, de 1861 a 1865, de 1916 a 1924- ha sido arropado por mudanzas en el ser nacional que transforman nuestra cultura campesina y el semblante espiritual de las ciudades. Mientras más nos alejamos de lo que hemos sido, va naciendo sobre ruina de lo que fuimos, otra nación cuyo entronque con la haitianidad del campo y la americanidad de las ciudades constituidas ambas en fuerzas históricas desnacionalizantes, esto fraguará nuevos modos de vida, nuevas formas de cultura, y una nueva historia”.

La obra fue publicada originalmente en 1990 encontrándose en el poder el doctor Joaquín Balaguer, un intelectual dominicano que, como vimos, fue de los principales ideólogos de la dictadura de Trujillo, y propulsor del antihaitianimso racista dominicano y galardonada con un primer premio de literatura otorgado por la Secretaría de Estado de Educación.

Pero échense para atrás. Esa misma obra ampliada y revisada para fortalecer más sus planteamientos racistas antihaitianos, fue reeditada en el año 2002, y en esa segunda reedición, en su capítulo ocho se sugiere que la política de dominicanización de la frontera, y la consecuente matanza de más de diez mil haitianos ordenada por el dictador Trujillo, en octubre de 1937, genocidio dirigido a detener la migración procedente de Haití, constituye “el acontecimiento más sobresaliente de la historia de la dominicanidad en lo que va del siglo”.

Y esa segunda edición ampliada también obtuvo otro premio, este último más importante que el anterior. El Premio Nacional de Literatura que patrocina la firma E. León Jimenes, otorgado durante la Feria Nacional del Libro del año 2002. En esa oportunidad sin embargo, el hecho originó un escándalo y uno de los miembros del jurado al ser cuestionado sobre el contenido racista de la misma se limitó a responder de manera salomónica que ellos no tomaban en cuenta el contenido sino la forma.

Seguramente algunos de ustedes, sorprendidos, se estarán preguntando, ¿Quiénes fueron los miembros del jurado que otorgó ese premio?

No voy a mencionarlos, pero les expreso, que casi todos, al igual que el autor del libro “galardonado”, fueron funcionarios de la Secretaría de Estado de Cultura en el gobierno del Partido Revolucionario Dominicano, el partido del doctor José Francisco Peña Gómez, fallecido en mayo de 1998. Algunos de ellos han escrito ensayos críticos donde abordan el tema de la esclavitud y el racial con cierta objetividad.

El hecho delata la miseria y la doblez de ciertos sectores de la intelectualidad nacional, pues cuando se encuentran en la oposición, y sin empleos, abrazan posiciones progresistas y hasta radicales, pero cuando consiguen arribar a elevados cargos oficiales, lo echan todo al saco del olvido y se encaraman al tren de la “dolce vita”.

Pero lo que es más grave, nos expresa de qué manera y con qué fuerza, aun en pleno siglo XXI, permanecen los remanentes de concepciones ideológicas surgidas durante la conquista y colonización durante el siglo XVI, en la hoy República Dominicana.

Exposición ante la Academia Dominicana de la Historia.