Pensar el espacio (ESPACIOS SAGRADOS, ESPACIOS PROFANOS) (y 2)

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El tiempo sagrado y el tiempo profano son tiempos diferentes. El tiempo profano es el tiempo regular de nuestras vidas cotidianas, tiempo que transcurre de manera homogénea, en un continuo que es sucesión temporal y lineal. Segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, décadas, siglos, milenios.

Para la experiencia religiosa o sagrada el tiempo –lo mismo que el espacio- nunca es homogéneo o continuo. En el tiempo profano hay duración, sucesión, continuidad. En esa sucesión temporal ordinaria se inscriben y registran los actos humanos, prosaicos, desprovistos de toda significación espiritual o religiosa. En el tiempo sagrado, en cambio, carente de continuidad, hay intervalos, como las fiestas o las festividades. Ese intervalo que es la festividad no es la mera conmemoración de un acontecimiento mítico o religioso, sino su reactualización.
La experiencia del espacio sagrado es una experiencia primaria. De ella derivan, en última instancia, los símbolos, signos y rituales concernientes a los templos, las ciudades y las cosas. El espacio sagrado y lugar santo por antonomasia es el templo.
El ámbito de la sacralidad es amplio y diverso, plural, y abarca tantos espacios sagrados tradicionales como las confesiones que les dan origen: las iglesias, los monasterios, las abadías y los conventos medievales; las basílicas y catedrales católicas, los templos protestantes, las sinagogas judías, las mezquitas musulmanas, las pagodas budistas, los templos brahmánicos o hinduistas, sintoístas, confucionistas y taoístas; los templos de las religiones amerindias o precolombinas, pero también los altares vudú, las cofradías sincréticas, los santuarios de la religiosidad popular que por igual veneran al único Dios trino que a los loases y deidades africanas. Para los cristianos católicos, el lugar santo por excelencia es la iglesia y, dentro de ella, el altar; para los aztecas es el “teocali” (casa de un dios), ese espacio sagrado y mágico en las ruinas del México prehispánico.

Elijo ahora, de entre muchos, dos filmes ya clásicos de dos cineastas ateos que abordan desde la estética el espacio de lo sagrado y lo profano: “Viridiana” (1961), de Luis Buñuel, y “El Evangelio según San Mateo” (1964), de Pier Paolo Pasolini.
“Viridiana” es un filme desacralizador de la cabeza a los pies. La alusión satírica y sarcástica a la Ultima Cena del Evangelio es directa. La cena de los comensales, pordioseros, en lugar de acto de beneficencia, se convierte en francachela y desparpajo. Nada queda en pie. Lo sagrado es atacado y burlado pero con gracia, con humor sardónico. Se denuncia la falsa caridad cristiana (la “ayuda al prójimo”), que sustituye la necesidad de justicia social por la limosna. Los pobres y marginados se divierten un rato a costa de los ricos, pero al final siguen siendo pobres. Personajes vulgares y deformes, ignorantes, no responden al gesto caritativo de la joven novicia. La caridad resulta inútil e ineficaz.
Con imaginación desbordante y algo malvada, el ateo Buñuel parte del comentario satírico y humorista de la realidad, la irrespeta, la deforma y la transforma. Desde el punto de vista filosófico y moral, “Viridiana” supone una visión profundamente irónica y crítica de la religiosidad, la beatería y la institución clerical.
“Il Vangelo secondo Matteo” es la visión personal de Pasolini de Jesucristo según el evangelista Mateo. Marxista y ateo confeso, provocador, el irreverente Pasolini transforma la epifanía religiosa en una lectura singular pero reverente del texto sagrado. Marcado por la poética de la imagen, su filme es cine de poesía visual, cine que no envejece con el tiempo. La música sacra -Bach, Mozart, Prokofiev, Webern y espirituales- acompaña al relato para traducir el sentido de lo sagrado. En la composición de los fotogramas la figura céntrica de Cristo destaca en medio de sus discípulos. Toda la visualidad del filme gira en torno a esta imagen cristocéntrica.
Podría decirse que toda la obra pasoliniana es una especie de “ars combinatoria”, de síntesis creadora, de interacción y diálogo fecundo entre diversos géneros artísticos. En ella la oposición sagrado/profano, lejos de disolverse, tiende a resolverse en una nueva dimensión estética.

La visión estética hace posible la coexistencia de lo sacro/profano en una especie de convergencia complementaria. Lo sagrado y lo profano, tan opuestos e incompatibles, terminan por dialogar, por encontrarse, por abrirse el uno al otro. Es inevitable que uno lleve la huella del otro. La religión aspira a ser la solución ejemplar de toda crisis existencial, de toda búsqueda del sentido último de la existencia. Y esto así por dos razones esenciales. Primero, porque es capaz de repetirse y renovarse continua e indefinidamente a través del gesto y de la práctica ritual. Y segundo, por ser de origen trascendente, una revelación de otro mundo, algo que rebasa y supera lo humano, algo transhumano. La solución religiosa resuelve la crisis y abre la existencia a una dimensión y unos valores distintos, más allá de lo meramente contingente y particular. El ser humano puede entonces superar su propia situación existencial, superarse a sí mismo abriéndose a lo divino y, por fin, tener acceso al mundo del espíritu. Lo irónico y lo paradójico de esto es que sólo puede alcanzar la sacralidad plena desde una profanidad constitutiva, no negada sino conscientemente asumida. El arte de lo sacro/profano es un misterio doble cuya única solución es el laberinto.