…Pero es que en inglés suena mejor

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Desde que los tragos se llaman shots; los anuncios, spots; las tallas, sizes; los apagones, blackouts; las niñeras, babysitters  y los maricones, gays, este país no es el mismo. Ahora es mucho más moderno: en verdad, una especie de Nueva York chiquito. Durante muchos años, los dominicanos no nos dábamos cuenta de lo feo que hablábamos ni de lo atrasado que estábamos. Los niños leían muñequitos o paquitos sin saber que eran comics; los jóvenes hacían parties creyendo que eran fiestas; las secretarias preparaban borradores de cartas para sus jefes sin advertir que eran drafts; los empresarios, como siempre, tenían issues con sus empleados que, ingenuamente, consideraban problemas; los obreros, tan ordinarios, se pasaban el fin de semana bebiendo, sin percatarse, los pobres, que lo hacían en el weekend; y los domingos todos íbamos al cine a ver films que, por subdesarrollados, llamábamos películas. Yo mismo, en la escuela normal de San Francisco de Macorís, me creía buen estudiante por mis buenas notas: ignoraba totalmente ––lo confieso con vergüenza— que lo era por mi alto GPA.

 Afortunadamente, todo esto ha cambiado. Hoy la República Dominicana es un país globalizado,  abierto al mundo de par en par y repleto de zonas francas y turistas. La modernidad se nos nota tan pronto abrimos la boca. Ya no decimos te espero, sino espero por ti (wait for you); ni comprobante, sino voucher; ni ponme al tanto o ponme al día, sino dame un update; incluso, los candidatos recientes a presidente ya no se postulan para el cargo, sino que corren (run) tras él, como galgos tras la liebre. Y no puede ser de otra manera porque cuando las cosas se expresan en otro idioma o se calcan de él ¡suenan tan bonitas!, sobre todo en inglés, que es el idioma perfecto.

 No resulta extraño, pues, que de cada diez palabras que se pronuncian  o se escriben en la República Dominicana, a lo menos una sea en la lengua de Shakespeare. Que existan palabras en español  con qué decir lo mismo no viene al caso. Hay que reconocer que el uso continuo de una lengua desprestigiada como el español, hablada mayoritariamente por campesinos y otros pobres diablos, es incompatible con nuestros anhelos primermundistas, lo cual explica por qué en nuestro país se nos enseña desde la infancia que es preferible decir hello que hola, OK que bien, ready que listo, full que lleno, bye bye que adiós. Es loable, en ese sentido, la costumbre de los padres dominicanos progresistas de inscribir a sus hijos en colegios “bilingües”,  en los que todos los cursos se imparten en inglés, menos las asignaturas “folclóricas” o “indígenas” (Español e Historia): allí se aprende y cultiva el castellano verdaderamente moderno, sabiamente ajustado al léxico y a la sintaxis del inglés, en el que, por ejemplo, la gente ya no avisa o hace saber las cosas, sino que las deja saber; no las alquila, sino que las renta;  nunca supone ni presume, sino que asume (assume); no deposita solicitudes, sino aplicaciones (applications):  todo lo cual hace sentido (makes sense), aunque no lo tenga.

 Obviamente, esos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres y han cambiado por completo, por ejemplo, la forma como comemos.  Así, en la moderna República Dominicana se ha suprimido la vulgar práctica de antaño de preparar alimentos a la parrilla; hogaño, en el siglo XXI, se ha descubierto una mejor manera: prepararlos al grill. Por igual, quienes antes comían filete, hoy degustan un jugoso steak; el pedestre atún ha desaparecido de todas partes, sustituido por la tuna, evidentemente más cotizada;  el grosero costillar de cordero no tiene como competir con el exquisito rack of lamb… No cabe duda: en la República Dominicana los alimentos saben mejor en inglés. Por ello, no hay por qué ponerle mucho caso ni a la Constitución (con su teoría de que el español es el idioma oficial del país) ni a la Ley General de Protección al Consumidor (con sus inútiles exigencias de que todo se escriba en español). De ahí que nuestros restaurantes presenten sus cartas completamente en inglés o en una jerigonza parecida al papiamento sin que las autoridades ni los parroquianos hagan objeción alguna.

 También hemos asimilado del inglés que eso de tener una ortografía sencilla, en que las letras y sus combinaciones se pronuncian siempre igual, es de lenguas tercermundistas y de gente desmemoriada. Lo que necesita el país, más que el 4% del producto nacional bruto dedicado a la educación nacional, es hacer la ortografía más complicada, de modo que podamos todos ejercitar nuestros cerebros a plenitud. ¿Para qué escribir bulevar cuando boulevard, adornada con esas dos letras adicionales, se ve tan wow?  ¿Y qué decir de ticket frente a (perdón, versus) tique (o boleto, billete, entrada, ficha, vale, etc.)?  Nuestro Gobierno insiste con toda razón en escribirlo ticket, con esas ck y t finales tan exóticas: forma parte intrínseca, con el Jeep de las placas, de su programa de modernización… y ¡hay que admitir que escrito así es más cool!

 En el plano jurídico ocurre exactamente lo mismo que pasa en otras áreas: todo ha evolucionado.  Actualmente, en nuestra doctrina más excelsa no se usa tanto el manoseado obligatorio: mandatorio (mandatory) es de rigor; el simplón además ha caído vencido ante el matemático en adición; el burdo antes de frente al refinado previo  a (prior to)… que previo sea adjetivo y no adverbio importa poco: ¡lo fundamental es que se parezca al inglés! Nuestros procesalistas, por su parte, ya no hablan de pruebas  —palabra que ya aburre de tanto aparecer en nuestros anticuados códigos—,  sino de evidencias (evidence), lo cual evoca rectitud y eficiencia anglosajonas.  En cuanto a nuestra legislación, durante los últimos años hemos progresado mucho en la eliminación de partículas innecesarias, como los artículos y el reflexivo  se. Así, por ejemplo, encontramos que en nuestras leyes recientes todo  aplica y nada se aplica; todo inicia y nada se inicia. La razón es contundente: ¿para qué emplear construcciones reflexivas o pasivas perifrásticas cuando al inglés, el patrón de los idiomas, le va muy bien sin ellas? ¿Para qué decir, a la antigua,  que se recogen firmas, se detienen delincuentes o se leen sentencias, cuando podemos colocarnos al último grito lingüístico declarando a todo pulmón que las firmas son recogidas, los delincuentes son detenidos y las sentencias son leídas?

Ni hablar de los deportes, con sus play-offs y sus round-robins; ni de los médicos, con su resucitación cardiopulmonar (cardiopulmonary resuscitation o CPR) —¿cómo se resucita, en español, al que aún no ha muerto?—; ni de los arquitectos, con sus halls, closets y lofts; etc. En definitiva, los dominicanos nos hemos puesto todos a la altura de los tiempos y debemos sentirnos orgullosos y contentos de estos avances en el campo del idioma. El fin del subdesarrollo y de la pobreza están a la vuelta de la esquina… no es tan difícil como se cree… solo falta que a los pobres les llamemos homeless, como en America, y ¡pan comido!… o ¿debí decir easy as pie?

Bye for now!