Physicians versus witch doctors

Rafael Acevedo

Cualquiera nacido y criado en estos tiempos podría tener dificultad para entender que un curandero de barrio pueda ser competidor de médicos formados en academias científicas. Y aun podría serle difícil aceptar que existan curanderos “hombres de Dios” basados, se asegura, en la Biblia, también compitiendo en cuanto a proveer servicios de salud.
Muchos creyentes cristianos dan por cosa normal y natural que los miembros de la iglesia oren para que un enfermo se sane. Y miles han presenciado, en vivo y directo, sanaciones de personas que según familiares y testigos les quedaban pocas horas de vida.
Digamos que es cosa relativamente “natural” cierta rivalidad y complementariedad entre los “sanadores cristianos” y los médicos practicantes de la medicina moderna. Pero sí parece estar casi desaparecida la antigua rivalidad entre la medicina moderna y la curandería o medicina folklórica, arraigada en el espiritismo y la santería. La derrota de esta última parecería totalmente irreversible, al punto de que todo ciudadano tienen o aspira tener un seguro de salud privado o público que le dé acceso a las grandes clínicas y hospitales del país.
Probablemente la medicina científica ya venció a sus rivales, aunque todavía no definitivamente, ya que queden áreas en los que la religiosidad, la espiritualidad y la charlatanería tienen oportunidad de dar batalla. Buena parte del éxito de la medicina moderna estriba en la necesidad y disposición de la totalidad de la población de asumir lo que los sociólogos de la medicina han descrito como el “rol del paciente”, complementario con los roles del médico y de los familiares del paciente (Freidson); cada cual, con sus normas y sanciones, atribuciones y expectativas, y su status correspondiente. Los familiares deben asumir funciones complementarias que van “desde los cuidados iniciales hasta los rituales finales”, actualmente auxiliados por funerarias y cementerios privados que dan casi todos los servicios después que el médico termina. Los parientes cercanos, como en todo rol social, de no cumplir ciertas normas y usos reciben críticas y otras sanciones sociales.
A veces los familiares “se mudan” a la clínica. Similarmente, ciertas condiciones de status “obligan” a que a un anciano moribundo se le fuerce a vivir horas extras aún contra toda lógica y sus deseos de descanso eterno. Las peores situaciones las padecen los clasemedias que tienen más pruritos y prejuicios que recursos para solventar los altísimos costos que el seguro no cubre. Los pobres, atrapados en el consumismo, ya no cuentan con los “centros espiritistas”, donde por muy poco dinero recibían un “diagnóstico” y algunos brebajes; y si el viejo se moría, todos quedaban conformes con la explicación del curandero, con la conciencia tranquila porque la “familia hizo todos los esfuerzos” culturalmente prescritos.
Los creyentes cristianos, por su parte, saben que Dios tiene el control, que los milagros existen, que solo deben hacer lo cristianamente necesario sin aspavientos ni supercherías; y que deben defenderse de un sistema de salud bastante especulador. Y acompañar la voluntad de Dios con la medicina moderna, con los cuidados y afectos reglamentarios y sus piadosas oraciones.