Pobre calidad de los políticos ambiciosos

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Con honrosas excepciones la clase política dominicana representa una vergüenza y una retranca nacional desde que en mayo de 1961 un grupo de temerarios ciudadanos se atrevieron emprender la hazaña de eliminar a Trujillo.
Desde aquel entonces, la clase política, se liberó de todas las amarras de la formación familiar, moral y cultural para dejar atrás los temores de verse señalados por sus conciudadanos por haberse corrompido. Desde entonces la corrupción se entronizó en la vida política y el asalto en todas las administraciones era la meta soñada por aquellos ciudadanos que buscaban la forma de un enriquecimiento rápido y exento de persecuciones judiciales o que les cayera la ira popular.
La sociedad dominicana ha estado rodeada por más de medio siglo en un manto de la impunidad y del olvido. La corrupción de los políticos se ha infiltrado en los sectores que alguna vez se creyeron blindados a esas debilidades humanas. El sacerdocio, los militares, los empresarios, los deportistas con el dopaje, y como es natural los políticos, todos cayeron en las redes de lo atractivo que resultaba disfrutar de la riqueza fácil. Así cayeron muchas reputaciones, y entonces la sociedad no permeada por las debilidades, callaba y se hacía la indiferente al ver cómo florecían nuevas fortunas. Los nuevos ricos, funcionarios pobres cuando se vieron premiados con un cargo, apabullaban con sus gastos a sus demás conciudadanos.
Y los partidos políticos formados a partir de 1961, con excepción del PRD que llegó al país en julio de ese año. Había sido conformado en La Habana de 1939 y se convirtió por un largo tiempo como la primera fuerza política dominicana. Ahora se encuentra en una etapa siguiendo los pasos de los otros partidos como el reformismo en vías de desintegración. Los tres delegados del PRD llegaron con los conocimientos de la política y las filas del partido engrosaron con una masa de seres humanos ávidos por ejercer la política en democracia. Surgieron nuevos partidos donde los dominicanos con mucho entusiasmo, sueños, ambiciones y esperanzas se enrolaron en la novedad partidaria con la diversidad de partidos muy diferente a la era cuando solo existía uno solo.
Miles de dominicanos acudieron a engrosar las filas en los partidos de sus simpatías. Estas eran acaparadas por el PRD, la Unión Cívica, los social cristianos y el 14 de Junio. Así se inició el reclutamiento de cientos de jóvenes que sus mentores internacionales los enviaban a institutos especializados en la formación política ubicados en naciones como Costa Rica, Venezuela, México y hasta Cuba ya bajo el régimen de Fidel Castro, en donde el entrenamiento era para derribar la democracia convencional.
Los dominicanos que padecieron la dictadura arroparon con su entusiasmo los cuadros de los partidos. Después de las elecciones de diciembre de 1962, con un PRD abrumadoramente triunfante con el voto de los trujillistas, asestó un duro golpe a la conservadora sociedad dominicana acostumbrada a la paz de los cementerios que impuso Trujillo durante 31 años. Se temió lo peor y el experimento democrático inicial duró tan solo siete meses, para luego verse desbordada por la corrupción a todos los niveles que hasta las cantinas policiales abastecían a los civiles con productos que exonerados llegaban libremente al consumidor civil desde las instalaciones policiales que servían abiertamente a todo el mundo.
Pero en abril de 1965 ocurrió el estallido cívico militar que precipitó la segunda intervención norteamericana. Por igual se produjo el colapso de algunos de los partidos formados en 1962 y el agrupamiento de las fuerzas balagueristas que sacaban cabeza en un medio atormentado por un torbellino de fuego en las calles de la capital.
Restablecida la paz en septiembre de 1965 los políticos salieron de sus guaridas y con nuevos bríos se dispusieron a arrasar con los cargos del nuevo gobierno aupados por el balaguerismo triunfante. Este desde julio de 1966 encauzó al país por los senderos de un fuerte programa de austeridad de grandes inversiones de capital. Pero existía la apertura para que se cometieran actos de corrupción, y los políticos con la impunidad de siempre, tuvieron las puertas abiertas para desde entonces, sin siquiera temerle a la marcha verde y mucho menos a los encartes fruto del escándalo de la Odebrecht. Ellos buscaron la provechosa forma de enriquecerse amparados en sus entelequias de partidos políticos.
En la década de 1970 y por razones políticas se aparentó temerle a los sindicatos de choferes que se vieron dueños de las calles por todas las concesiones que graciosamente recibían de los gobiernos. Así algunos de esos dirigentes choferiles se creyeron presidenciables e incursionaron en las lides políticas sin éxito, pero con saludables fortunas fruto de las facilidades de los gobiernos para sus aventuras.


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