Poetas del tiempo

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Don Ramón de Campoamor fue poeta y filósofo español, nacido en Asturias en la primera mitad del siglo XIX falleciendo en Madrid el 11 de febrero de 1901 a los 83 años de edad. Joven adolescente llegó a matricularse en la facultad de medicina de la Universidad de Madrid, allí un catedrático le aconsejó abandonar la carrera luego de verle vomitar durante la disección de cadáveres. Siendo ya adulto incursiona en la política defendiendo la realeza, llegando a ser diputado en 1850; gobernador civil de Valencia, además de director general de Beneficencia y Sanidad. Era un voraz lector y amante del arte de escribir. De su autoría es el tema Las dos linternas, que reza de la siguiente manera: De Diógenes compre un día/ la linterna a un mercader;/ distan la suya y mía/cuanto hay de ser a no ser./ Blanca la mía parece;/ la suya parece negra;/ la de él todo lo entristece;/ la mía todo lo alegra./ Y es que en este mundo traidor/ nada hay verdad ni mentira;/ todo es según el color/ del cristal con que se mira”.
Esa reflexión filosófica hecha poesía, añejada desde el siglo XIX, mantiene aún algo de vigencia a finales de la segunda década del siglo veintiuno en esta pequeña nación caribeña.
Nunca antes como ahora se había encontrado la sociedad dominicana en tan seria encrucijada, en donde los sentidos de la vista y el oído han sido saturados a través de la redes sociales y la televisión con videos y bandas sonoras, convirtiendo lo virtual en algo superior a lo real, haciendo del mundo una verdadera fantasía.
Existen laboratorios de imágenes y de sonido capaces de fabricarnos miradas, sonrisas y suspiros. Los candidatos se conocen primero en los teléfonos inteligentes, las tabletas y la televisión por cable. Aceptamos como buena y válida la idoneidad y originalidad de noticias que ya no requieren ser verificadas. El Twitter pasa rápidas informaciones sin tiempo para el análisis y la reflexión que ellas ameritan. De ahí que poco importe la veracidad de la información, la velocidad diarreica no permite su absorción.
Se oyen voces asegurando el fin del hambre y de las enfermedades, mientras que simultáneamente millones de ojos ven tanto dolor y miseria que espanta. Se trata de una esquizofrenia audiovisual. Es entonces cuando reaparece como en una fílmica de Hollywood, ganadora de todos los Oscares, la silueta centenaria de Campoamor repicando: “Y es que en el mundo traidor/ nada hay verdad ni mentira;/ todo es según el color/ del cristal con que se mira”. Hay vivos que están muertos y difuntos que no terminan de morirse. Existen también unos pocos que nunca perecen y que aún mediante la aceleración a través de la máquina del tiempo solo se consigue hacerlos inmortales. Uno de estos es nuestro imperecedero poeta nacional don Pedro Mir cuando nos declama: “Hay un país en el mundo./ Colocado en el mismo trayecto del sol./ Oriundo de la noche./ Colocado en un inverosímil archipiélago/ de azúcar y de alcohol”…
En las calles se oye: que si abiertas, que si cerradas, que si cambiamos o si seguimos. ¿Otro capítulo de la tragicomedia? ¿Guía todavía nuestro pensamiento el patricio Juan Pablo Duarte?
¿Quiénes completarán la obra duartiana? ¡Que se despierten los juanes! y que el más antiguo de los tres nos remache: “Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libre”.