Policías, colmadones, altavoces, desorden y delincuencia

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El 911 se espera que sea de gran ayuda… siempre y cuando las “instituciones” hagan su trabajo. Pero hay muchas tareas rutinarias de orden público que nadie tiene que llamar a entidad alguna para que sean resueltas.

La última Gallup mostró que un alto porcentaje de la población espera poco de la justicia y de la policía, y que hay una cantidad de delitos que la gente ni se molesta en reportarlos. Ocurriendo lo que los estadísticos llaman sub registro, que hay más delitos de lo que las cifras oficiales reportan.

La policía, particularmente, debe tener un servicio anti ruidos que efectivamente defienda a los ciudadanos, particularmente en barriadas pobres, y en las no tan pobres cerca de lugares donde la producción de ruidos es una verdadera amenaza a la paz pública y a la salud de las personas. Esto también tiene que ver con los ruidos de vehículos sin muffler, o con altavoces que circulan sin que las autoridades los llamen al orden o los sancionen.

Verdaderamente trágico es el caso de personas entradas en edad, que padecen de alguna enfermedad que les obligue a permanecer en reposo en sus precarias viviendas. Un señor me explicaba: “El ruido de ese colmadón me hace doler los oídos y me produce náuseas. Me da pique, porque no puedo hacer nada. Viene la policía y a las pocas horas vuelven con el ruido. A veces son unos tipos con un carro lleno de bocinas, que se estacionan en la acera y ponen su dizque música a todo dar. Uno no se atreve a hablar con ellos. No hacen caso. Si uno llama a las autoridades, los mismos policía les dicen quién fue el que los denunció, y tenemos miedo a eso tipos, son los dueños de las aceras y calles del barrio”.

La marea de ruido y desorden en los barrios va demasiado alta. El país ha pasado a ser de los más inseguros del continente, y la gente común, los pobres y más aún las mujeres, se quejan amargamente cuando se les entrevista sobre “la situación en su comunidad”.

La pregunta que debemos hacernos es si acaso las patrullas nocturnas no alcanzan a escuchar esos ruidos; o si la Policía no tiene un mapa con todos los colmadones, negocios y sitios donde se producen esos desórdenes y escándalos en áreas públicas o en establecimientos “privados”, que afectan a los ciudadanos. Especialmente aquellos que lo único que les viene quedando es el derecho de envejecer, enfermarse o de acabar de morirse tranquilamente. Las amas de casa, los jóvenes que necesitan estudiar, los que quieren ver y también “oír la televisión”, los que se tienen que levantar temprano y descansados; tienen necesidad de ser protegidos en esas necesidades tan básicas y elementales, a las que todo humano, por humilde y marginado que sea, tiene derecho. Esos niveles e intensidad de inconformidad general no salen en las encuestas, ni amenazan la popularidad del Gobierno, que sigue encumbrada. Pero Dios existe, y se los tomará en cuenta.


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