Por allá también

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Devaneos, ínfulas de ser como alguien que tampoco es. Esa externalidad recurrente que, en informes de Desarrollo Humano, en tertulias, seminarios, en la cotidianidad doliente y cumbanchera, asoma. Afuera: el prado verde, el esplendor, el Dorado. Con esmero cuasi obsesivo el relato de las virtudes ajenas es impúdico. Repetir “porque aquí no existe”, “porque aquí no hay”, “porque no podemos”, es letanía tediosa y en ocasiones ridícula. Cunde el asombro cuando un extraño reconoce alguna cualidad criolla. Los nativos nos encargamos, con hidalguía y tesón, de desmentir el piropo y si faltare contundencia en el demérito, Moscoso Puello y sus Cartas, se convierten en prueba irrebatible para la avalar el desprestigio y la minusvaloración.
Afuera el sueño, aquí la pesadilla. Un páramo agreste y en desuso el orgullo patrio. De mal gusto y poco chic. Ha sido así y ahora es demasiado. Como si estuviéramos satisfechos con ser peores. Más que aquella hipótesis de la paranoia criolla, la degradación, el ser pioneros en las prácticas nefastas, dolosas, la habilidad para la medianía, lucen marca país. Pícaros, rebuseros, prostituyentes, prostituidas, bebedores, haraganes. Ya ni la caña ni el café entusiasman, la economía de postre –café, cacao, azúcar- la convertimos en ruina. El café y el cacao nuestro, están en las confiterías más prestigiosas del planeta, con subrayado especial, empero, decirlo es sospechoso. No ha sido noticia que el cacao dominicano desplazó al Akesson de Inglaterra, Amedei de Italia y Michel Cluizel de Francia. Es de militantes la denostación, la tenacidad propalando fracasos. Eso sí, cuando las instituciones de los paraísos soñados yerran, el silencio espanta. Reivindican, si fuere el caso, el debido proceso, o se arguye que es difícil un sistema carcelario óptimo y un régimen migratorio justo.
Durante la fiereza del militarismo en la región, cuando valles, ríos, montañas, estaban ensangrentados y la conculcación de derechos era la rutina maleva de la patria, algunos iluminados se referían con desdén y encono a las repúblicas bananeras y sus deslices. La vesania represora de la sarta de dictadores en Uruguay, Argentina, Chile, Paraguay, Brasil, no obedecía a la idiosincrasia mestiza, empobrecida y ágrafa. Fueron ejércitos con exquisita formación, los gestores del miedo y el exterminio. Sus tropelías descarnadas y sin disimulo. Célebre la advertencia del general Saint Jean, gobernador de Buenos Aires: Primero mataremos a todos los subversivos, después mataremos a los que colaboran con ellos, luego mataremos a los indiferentes, finalmente mataremos a los tímidos.
Mal de muchos no debe ser consuelo para nadie, sin embargo, procede comentar dos hechos relevantes, ocurridos en recientes campañas electorales. Uno, en la campaña previa a las elecciones legislativas en Argentina y otro, en la previa a las presidenciales celebradas ayer en Chile. Una indómita, enardecida y sagaz Cristina Fernández, decía a la multitud de fieles seguidores, en el mitin de cierre de campaña: “Yo me pregunto, si Perón y Evita estuvieran aquí, ¿a quién votarían?” también las candidaturas opositoras hacían cabriolas para justificar la adhesión póstuma del admirado líder. Un más que sincero José Antonio Kast, afirma orgulloso que Pinochet hubiera votado por él. Ergo, la reverencia al pasado, la fementida devoción por los tres grandes políticos que marcaron una parte del siglo XX dominicano no es propia de nuestras miserias. Algo más, el desdoro de la campaña electoral en EUA, la bajeza e insulsez demostrada por los dos contrincantes, merecían consejo de los expertos nuestros que han logrado, luego de avatares peligrosos, modificar un tanto la crudeza del embiste.
Creernos únicos, originales en los defectos, daña y desalienta. Entre la paja aparece el trigo y es imperativo buscarlo. Después, como manda el evangelio, quemar la paja. Si no, el precipicio tienta. El fuego equivocado destruye, no permite la renovación. Juan Luis Cebrián escribe en “La Agonía del Dragón”, que la historia de los pueblos se construye más a base de emociones que de hechos. Cuidado deben tener quienes provocan las mismas, indiferentes a las consecuencias de su desborde.


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