Por Andreea y otras tantas que mueren cada día

MARIEN ARISTY CAPITÁN

Con apenas 21 años, Andreea Celea Voicila jamás debió morir. No se entiende, aunque sepamos cómo opera el círculo de la violencia, que muriera de forma tan brutal a pesar de todas las evidencias del maltrato al que la sometió durante mucho tiempo su victimario, Gabriel Villanueva.
Esa relación, que no llamaremos amor porque el amor no hiere ni mata de esa manera, nos obliga a pensar en las demás Andreea que mueren un poco cada día aunque respiren todavía: hay que buscar un mecanismo para rescatarlas y alejarlas del secuestro emocional y físico al que son sometidas por quienes, al final del camino, terminan asesinándolas.
Aunque es complicado porque ellas muchas veces se resisten a denunciar o van a reunirse con sus verdugos a pesar de que haya órdenes de alejamiento contra ellos (como en este caso), hay que instir.
La muerte de Andreea debe servirnos a todos -desde las autoridades hasta las familias de víctimas y maltratores- para aprender las lecciones que nos deja. Sus notas de voz y las capturas de pantalla de sus conversaciones nos dicen claramente que hubo mucho silencio en su entorno: en casos así hay que meterse.
Sin ánimo de buscar culpables, duele ver que la familia de Gabriel conocía sus abusos y desmanes pero, en vez de buscarle ayuda, taparon el sol con un dedo. También lastima que Andreea no tuviera las herramientas para alejarse a pesar de que lo denunció: ¿falla algo en la Unidad de Violencia de Género que suele pasar lo mismo? Tal vez falla nuestra educación porque se nos enseñó a tolerar el machismo y el dolor. Eso tiene que cambiar. Por Andreea y tantas otras como ella.


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