Por donde más duele… el bolsillo

Manauri Jorge

Esta mañana tuve un conato de pleito con un vecino porque tiró basura en la calle con un zafacón al frente. La discusión comenzó cuando le reclamé que no hiciera eso y el tipo justificó que no era el único. Exclamé un asqueroso –desde dentro- y ahí se encendió la cosa porque él se “ofendió”. Después de varios segundos de disputa solté eso porque comprendí que sus argumentos iban al mismo lugar donde debió ir su basura, y el de muchos más.

Aunque me cueste creerlo, la norma del vecino es la misma de la mayoría de dominicanos en esta media isla –porque fuera de su tierra no lo hacen- cuando arrojan los desperdicios donde les da la gana y no pasa nada. Solo en el Distrito Nacional se acumularon 5.8 millones de toneladas de basura desde el 2005 al 2013, eso es el doble de lo que se produjo en Santo Domingo Este, donde el distrito capitalino cabe casi 170 veces.

Cuando la Oficina Nacional de Estadísticas publicó los resultados del censo poblacional, en el Distrito Nacional habitaban más de 965 mil personas sobre los 91.58 kilómetros cuadrados distribuidos en 70 barrios o sectores. En matemática simple eso arroja un resultado de 10,538 residentes en cada kilómetro cuadrado, unas 10.5 por cada metro. Imagine toda esta gente haciendo lo que se les antoja con los desperdicios…

La producción per cápita de basura en esta zona supera el kilogramo diario. ¿Por qué? Hace 10 años un camión recogía los desperdicios de una familia y hoy lo tiene que hacer de 10 o más porque donde estaba esa casa ahora hay un edificio donde habitan, fácilmente, 50 personas más. Por cierto, sigue pasando el mismo camión, ahora más destartalado.

Además, hay que agregar que la cultura del reciclaje todavía es un feto en potencia y la falta de educación y conciencia ciudadana aniquilan cualquier ciudad. En el informe “Forma de Eliminación de Basura en los Hogares 2002-2010”, la ONE detalla que el 85.2 % de la porquería la recoge el ADN, pero hay un 5.2 que es quemada por la población, otro 2.9 % que es arrojada a algún vertedero local, un 2.3 % que se va a los ríos o cañadas, el 1.4 % se queda en algún patio o solar, el 1.9 % la recoge una empresa privada y el 1.1 % no se sabe.

Es tan evidente el problema que solo basta que llueva por dos horas en Santo Domingo para que se inunde todo, y digo todo. Si bien es cierto que el drenaje pluvial no es eficiente, a eso hay que juntarle la enorme cantidad de desperdicios que hay en las calles tapando los desagües; no hay alcantarilla que aguante tres fundas repletas de vainas tan pintorescas como botellas plásticas, tuercas, cerveza, papel de baño, comida y, claro, heces fecales.

¿Soluciones? Claro, consecuencias aplicables. En octubre de 2016 el alcalde David Collado anunció que pondrían multa a quienes arrojen desperdicios en la calle, amparado en la Ley 120-99 que prohíbe lanzar desperdicios en espacios indebidos, pero no se cumple –como tantas leyes en este circo tricolor-. También amenazó con lo mismo el pasado síndico Roberto Salcedo, igual que Nelsón Guillén por San Cristóbal y Gilberto Serulle en Santiago.

La ley establece que los cabildos, en coordinación con la Policía Nacional, pueden detener a una persona que sorprendan lanzando desperdicios en las calles o que se compruebe que lo haya hecho. Una vez detenida, deberá pagar una multa de 1,000 o 500 pesos y realizar trabajo comunitario por el tiempo que determine un tribunal. Por cierto, los policías de mi barrio no son los mejores en el ejemplo de civismo con la basura, y creo que es algo mayoritario.

Si se cuenta con el apoyo legal y los males de tanta basura nos pasan factura a diario, ¿por qué no actúan en consecuencia? Por un lado la gente no conoce, realmente, el daño que causa ese delito; en el otro está la falta de un programa constante, inclusivo y dinámico que involucre a todos los sectores por obligación y, en última instancia, un régimen de consecuencias efectivo que se cumpla: usted faltó, usted se pagó.

En Estados Unidos, si te sorprenden tirando basura donde no debes, te ponen una multa de 100 dólares. En España debes pagar 750 euros si arrojas una colilla de cigarrillo al suelo. En Holanda la cuota es de 130 euros. En Italia es más chulo todavía porque no basta con botar la basura, tienes que clasificarla y dejarla en el contenedor reglamentario de acuerdo al tipo de material y color.

Si vas a Singapur y tiras un papelito en la calle, además de ir detenido, tendrás que pagar casi RD$100,000 sin titubeos y, cuando sales, debes llevar colgado un cartel que te identifique como “asqueroso”. ¿Funciona eso? Calgary (Canadá) es la ciudad más limpia del mundo con multas muy chulas de 100 dólares sin tiras un chicle donde no debes, unos 500 dólares si orinas fuera de lugar y 100 más si dejas el baño público sucio. A estas dos ciudades les ha funcionado muy bien y no creo sea casualidad.

Puedo lucir drástico o autoritario con mi conclusión, pero apoyo la decisión de que se cumpla la Ley 120-99 y le imponga multa a todo aquel que arroje desperdicios donde no debe. Pero no solo eso, que también se sancione a quienes lo hagan sin considerar la clasificación. Claro, todo eso después de una intensa campaña de educación que incluya a los grandes, los chiquitos y los medianos.

¿Y si encarcelamos a los asquerosos? No hay cárcel para tanta gente. Que se ponga el ejemplo con las grandes empresas y fábricas y el chisme se difunde como pólvora; al resto basta con que le demos por el bolsillo porque, con lo difícil que es conseguir dos pesos, si usted le pone una multa de 10 y debe cumplirla sí o sí, le aseguro que no piensa como mi vecino. Obviamente, eso debe venir con autoridades eficientes, equipos modernos, eliminar los vertederos por rellenos sanitarios administrados por el Estado y maximizar la recompensa del reciclaje porque, así como cohíbe la multa, motiva mucho si hacerlo bien se convierte en sustento para algunos. ¡Y ya!


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