Por los derechos de cada quien

El Estado Dominicano tiene derecho a una clara separación geográfica y poblacional de sus vecinos, tarea difícil cuando es tan frágil la frontera que separa a dos naciones de agudas diferencias de desarrollo y de culturas, sin dejar de aspirar por ello a coexistir con respeto y en colaboración con la nación haitiana con la que comparte la isla Hispaniola. Este país sobrelleva y hace frente en forma civilizada a la excesiva y confusa presencia de inmigrantes que llegan sin los estatus que su Estado debe fijarles y en pobreza extrema, causa de un éxodo interminable que va contra el propósito de los dominicanos de tener su casa en orden; acogiendo solo a los extranjeros que su capacidad de alimentar, emplear, educar y sanar permiten.
La futura embajadora de Estados Unidos en el país, Robins Berstein, que ha hablado de apatridia, tendrá oportunidad de comprobar que la inmigración plantea problemas complejos que República Dominicana resuelve paso a paso con los medios a su alcance y respetando los derechos humanos. Los dominicanos también emigran, muchos a Estados Unidos, donde suelen quejarse de persecución y con frecuencia les toca la deportación por diversas causas, y en lista figuran miles de jóvenes criollos que llegaron a Norteamericana en plena niñez, inocentes e indefensos. Desde aquí abogamos porque reciban un trato humanitario, consecuente, en la nación que más debe su origen a la migración.

Dominicanizar es  obligación

Los dominicanos deberían predominar en las labores agrícolas y de construcción, ambas en crecimiento y tecnificándose. Debe darse una relación más estrecha entre el capital y el trabajador criollo para contrarrestar la presencia de extranjeros en la economía, en las que de todos modos deben estar presentes pero en menor medida que ahora, y porque se trata de labores pesadas a las que hay que dar ya más dignidad salarial y social. Muchos dominicanos se han relacionado históricamente con cosechas y pegado de blocks y varilla. La fácil obtención de mano de obra barata, forzada a tareas que no exigen preparación escolar, ha sido un out fácil para que dueños de fincas y constructores dejen de innovar con modos operativos más rentables. El costo lo reducen aprovechando la desesperación de aquellos forasteros dispuestos a hacer lo que sea para comer.


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