¿Por qué ganará López Obrador?

Guido Gómez Mazara.
Guido Gómez Mazara.

Un altísimo porcentaje de los procesos electorales en América Latina expresan triunfos de partidos conservadores. En esencia, el retorno a las opciones políticas distantes de las propuestas de izquierda tiene el próximo 1 de julio un singular escenario: México. Y de paso, un candidato que su victoria representaría una ruptura con la enorme tradición de la partidocracia azteca y derrota a la ascendente línea de gestiones públicas que, en los casos de Sebastián Piñera, Pedro Pablo Kuczynski e Iván Duque, desalientan la ola progresista.
Contrario al escenario colombiano, el efecto miedo y la asociación del candidato Gustavo Petro con la figura de Nicolás Maduro no tendrá efectos parecidos, debido a las características del mercado electoral mexicano. El pasado 17 de junio, las fuerzas victoriosas del Centro Democrático, inteligentemente dividieron a los votantes, entre una opción conservadora contra la de izquierda porque la dinámica de la sociedad arrastra los traumas de las FARC, un plebiscito que apostaba a la paz, bien ponderado en la comunidad internacional, pero derrotado internamente y el drama del paramilitarismo. Así, se establecieron las bases de resultados previsibles y la reiterada fascinación de una parte de su población por un caudillo ultra-popular, sin importar los niveles de impugnación de sus días de presidente: Álvaro Uribe. Electoralmente, Colombia y México no se parecen. Por eso, la implementación de tácticas parecidas contra la candidatura de Andrés Manuel López Obrador no tendrán efectos similares. Aunque resulte irónico, si bien es cierto que los rasgos del candidato presidencial por Morena exhiben perfiles autoritarios, estos expresan altos niveles de colindancia con el ciudadano promedio. Además, cuando en el caso de Iván Duque se instrumentalizó hábilmente al político del vecino país como manifestación de peligrosidad para “no calcar” el drama de los venezolanos, el de mayor cercanía en el caso azteca, es Donald Trump. De ahí, que en el terreno práctico, nada galvaniza de manera favorable las posibilidades de una contundente victoria de López Obrador que el actual gobernante estadounidense y sus posturas agresivas en materia migratoria y específicamente el tema de la construcción de un muro en toda la frontera. López Obrador es el político a la medida de la actual coyuntura mexicana debido a que la ruptura con el viejo orden partidario experimentó aires de renovación en el momento que Vicente Fox derrotó 71 años de control del PRI, pero la insatisfacción y desencanto llegó de inmediato. La llegada del PAN, y sus dos gestiones gubernamentales demostraron que el problema del sistema político mexicano no era de rostros sino de estremecer un modelo caduco. Por eso, cuando la sociedad abrió las compuertas para el “nuevo” PRI, sus exponentes dieron aires de frescura a las prácticas corruptas de siempre. Literalmente, lo único que se parece a un verdadero cambio del esquema político mexicano es la propuesta de Morena, y es que, al su candidato tener un origen en el PRI, conoce las miserias y daños generados por un sector partidario que el maestro Vargas Llosa calificó de dictadura perfecta. Con un electorado desalentado por los partidos tradicionales de México, resulta lógico que la reacción de los sectores de abajo, circuitos académicos e intelectuales y la mayoría de sus ciudadanos valide la oferta menos parecida al status quo. Ahora bien, pretender una ruptura total constituye un desequilibrio inaceptable debido a que López Obrador tendrá que cohabitar con los vicios y deformaciones de una clase política y sectores empresariales que históricamente se sienten atraídos por el desorden, caos y reglas invertidas que validaron fortunas impresionantes. Lo sencillo podría representar un acto de singular transformación para los mexicanos: un Gobierno decente y un Presidente distante de los negocios.
El 1 de julio, los mexicanos votarán por Andrés Manuel López Obrador.