¿Por qué los hombres mueren primero?

José Miguel Gómez
José Miguel Gómez

El solo hecho de nacer hombre o mujer tiene un impacto en la esperanza de vida de una persona, en su salud mental, en el estrés, en la vida emocional y en la felicidad. Literalmente los hombres morimos primeros. Así lo confirman todas las estadísticas mundiales y locales. No es asunto de feminismo, ni machismo, ni de prejuicios, ni discriminación. Existen sobradas evidencias multifactoriales que impactan más la salud física y mental del hombre que en la mujer. Aunque las mujeres enferman más, y gastan más recursos en salud, los hombres siguen muriendo primero. Los indicadores establecen que, las mujeres buscan más la ayuda, utilizan más la medicina preventiva, se consultan más y expresan sus emociones, su dolor, sus sufrimientos, sus penas y limitaciones. El hombre, por una condición de roles y estereotipos sexista, machista y de socialización impuesta y aprendida, tienden a silenciar sus emociones, su dolor, su estrés, su depresión y su infelicidad. Debido a que lo criaron y lo reforzaron para ser activo, fuerte, dominante, competitivo, riesgoso, controlador y poderoso; impactando su salud, sus emociones, su psicología y su expectativa de desempeño en la sociedad. Teniendo como resultado una vida de mayor riesgo, más impulsiva, más desafiante y más desorganizada; con consecuencias más devastadoras: hipertensión, infarto cardiaco, muerte por accidentes, criminalidad, violencia, alcoholismo, drogadicción, suicidio, entre otros. Producto de todo esto, existen más viudas que hombres viudos; la esperanza de vida es mayor en las mujeres que en los hombres, con una diferencia de que va desde 5 a 10 años.
Si valoramos los indicadores en salud mental y el impacto de las enfermedades y trastornos mentales en demandar la ayuda, cumplir tratamiento, darle seguimiento médico, las mujeres cumplen más los protocolos de salud, sus visitas médicas y tratamientos médicos. La depresión, bipolaridad, esquizofrenia, tabaquismo, alcoholismo, desempleo, viudez, divorcio, estrés crónico; también impactan y afectan más al hombre que a la mujer. Todos estos indicadores y resultados guardan relación con la cultura, la crianza, los roles, la socialización desigual y los privilegios y derechos asignados desde la condición de género ¿Qué se espera de un hombre en una sociedad machista y patriarcal? Que sea fuerte, dominante, productivo, activo, exitoso, competitivo, varonil, que ejerza el poder; pero también, que no sea débil, que no se aflija, que no pierda, que no se deprima, que no acepte perdidas ni derrotas, etc. Esas condicionantes son las que nos hacen vulnerables al suicidio, homicidios, feminicidios, violencia y estrés crónico a cientos de hombres. Esa masculinidad reforzada, visibilizada en función de expectativas superiores y de negación a la aceptación de relaciones basadas en equilibrio, equidad y eficacia en todas las áreas: familia, pareja, trabajo, iglesia, escuela, Estado, sindicatos, universidad. Esas inequidades y discriminación son las que inciden en los resultados de la salud física, psicología y emocional de los hombres. No se puede negar que las mujeres tienen menos accidentes de tránsitos debido a que son más prudentes, menos riesgosas, menos impulsivas y más comedidas. Pero también suelen expresar y aceptar la ayuda cuando tienen un conflicto y una crisis vital en sus vidas. Las mujeres tienen su comité político y central que le ayudan a paliar una crisis marital, un divorcio, una pérdida, una crisis circunstancial de la vida. Una amiga le acompaña a la iglesia, al salón, al médico, de vacaciones, de fin de semana. Los hombres tienen menos amigos con quién hablar, expresar sus emociones y evacuar su dolor y penas. Si los hombres no cambiamos nuestro roles, las creencias y formas de vida a través de una socialización integral, con equidad y valoración de su nueva autoestima, efectividad, emociones y valores, seguiremos muriendo más, con más trastornos mentales, con menos calidad y calidez de vida. Es decir, vamos a ser menos felices, menos bondadosos y con menos espiritualidad. Cambiar es inteligente, aceptar y modificar los roles, revisar las actitudes y buscar la ayuda, es el desafío de los jóvenes, adultos y mayores, que debemos de estar dispuestos a prevenir y tratar nuestra salud física, emocional, psicología y existencial, para prolongarla, y hacerla más armónica, más oxigenante, más nutriente y con mayor bienestar y felicidad.


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