Poses, solo poses

30_10_2017 HOY_LUNES_301017_ Opinión12 A

A las políticas dominicanas se les juzga por el peinado, el corte del vestido. Se les inventan proezas no confesadas que se repiten de boca en boca en los mentideros. A las políticas dominicanas se les hace creer que son respetadas y si lo fueren, es por su condición de madres, esposas o hijas. No están en la agenda de los grupos políticamente correctos y cuando las incluyen, es para destrozarlas. El temor a la contaminación partidista frena, obnubila.
Tan miserable ha sido la travesía que tampoco para los desbarres reales e históricos son asumidas. El mito mariano revolotea en la contemporaneidad. Solo buenas y modositas, de modo que aquellas poderosas celestinas de Trujillo, las implacables cómplices de María Martínez, las damitas concupiscentes, prestas a satisfacer los antojos de la cofradía, no se mencionan. Es el sujeto omitido cuando de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se habla. Todavía hay titubeos para mencionar a la delegada de la tiranía, esa que reclamó derechos para las mujeres, a pesar de su proclividad al crimen y a la delación.
No hay acuerdo para la colocación de las mujeres públicas, es un “asigún” perverso, una pose lábil, fangosa. Dilema no resuelto en el siglo XXI. Legiones de connacionales, cometiendo el mismo pecado capital, sin sonrojo y a veces, sin percatarse. Ocurre aquí y en otros lugares. La utilización del discurso de género para fingir corrección, la falsa ostentación mediática. A Cristina Fernández, en Argentina, la demeritan cada segundo sus adversarios y antiguos seguidores. De manera constante, la degradan. Los ataques personales son más fuertes que los políticos. Melena, temperamento, tacos, maquillaje, se mezclan con las imputaciones penales.
Sin alardes feministas, el género es determinante. Ocurre con la Merkel, aunque la poderosa Canciller, no se presta a las manipulaciones ni al oportunismo ideológico. Cuando fue ministra dijo que atendían más sus zapatos que a su discurso. Las críticas a su vestuario y a su peinado, la mantienen incólume. Su formación en Alemania Oriental la hace resistente. La solución debe ser la sinceridad. No es posible la propalación de monsergas correctísimas en contra de la violencia si la práctica tiene la misma catadura de la agresión. Como aquello de los redentores de otrora con su “proletarios del mundo uníos” y en la casa un cotidiano de abusos y excesos. El summum de la igualdad de género se resumía en la orgía. Sinceridad que permita situar, también reconocer. Dos jóvenes asesinos mexicanos confesaron, la semana pasada, haber ahorcado a una compañera. Su inteligencia, juventud y jerarquía en el trabajo, les molestaba. Nada más hay que buscar. Eso fue. Era su jefa en la tienda de telas donde trabajaban los tres.
La reivindicación es discutir, confrontar ideas. El acecho para blandir la descalificación personal es tan miserable como el asesinato. No se trata de defender núbiles e imbéciles doncellas. Se trata del quehacer público, del compromiso, también de la solidaridad innominada, propalada en las esquinas y ausente cuando agreden a las mujeres con poder. Reiteramos errores y seguimos campantes. La carrera a la presidencia de una política dominicana no fue apoyada por una poderosa federación de mujeres, aneja al partido de la aspirante. El hecho es emblemático.
Para el escarnio igualdad. Injuria al viento y enaguas también. Jactancia de proscenio y de tertulias, breviario de la corrección para ganar adhesiones detrás de la burla. El tridente dispuesto para el contubernio: si somos más, herimos más y sobre cadáveres la gloria, que la deshonra no se honra y mejor el ultraje que la fama. El momento se escapa, necesita organización y patrocinio. Es solo ocasional la coyunda y ese placer de sentir voces repitiendo consignas. El canto de guerra ha sido la descalificación personal. Poses develadas. La brega política exige temple, no aspira cortejo. La vida íntima de mujeres y hombres públicos, es asunto privado. Que se discuta su desempeño, no su lecho y consanguineidad. La conmiseración fementida humilla, tanto, como indigna el insulto.


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