Proliferación de armas de fuego

La posesión y porte de armas de fuego es una fuente permanente de desgracias en este país. Crímenes en azote despiadado para despojar de bienes a ciudadanos a los que con frecuencia se quita la vida. Esta es una nación castigada por acciones feminicidas ocupando los primeros lugares en el mundo en ese renglón. Se ha dado, claramente, una abundancia de armas de fuego en malas manos por dos vías: la tenencia en una extendida delincuencia que la Policía no logra controlar ni la justicia castigar en apropiada magnitud. No funcionan los mecanismos de detección a través de registros aleatorios; y esa otra forma: individuos sin condiciones morales, síquicas ni competencia para el manejo seguro de instrumentos letales que son autorizados a poseerlos.
Mucha sangre corre, en parte, porque el Estado carece de rigor al expedir licencias. El uso irregular de armas deviene del irrespeto a la ley causado por tráfico de influencias. Padrinazgos que convierten en portadores, a veces ostentosos, a amigotes, a seguidores políticos o a individuos en conflicto con la ley. Es ostensible una flexibilidad de criterios para expedir permisos sin valorar antecedentes. Algo muy grave además: la Policía no dispone de personal ni de recursos suficientes para frenar la circulación en motocicletas de una agresiva cantidad de asaltantes a mano armada que salen de sus madrigueras a toda hora del día y de la noche.

La basura con sus agravantes

Entre la escasez de recursos municipales, las imposiciones que dominan Duquesa y el limitado papel del Estado en ordenar la vida urbana, la ciudad de Santo Domingo se torna crítica por muchos lados. En contraste con el esplendor de torres y grandes plazas resaltan situaciones calamitosas en sitios habitados por estratos sociales de poco ingreso. Reflejo de la desigualdad social que incentiva a la delincuencia que parece desbordada. Crecen arrabales en zonas marginadas mientras se construye caóticamente contra el ornato, en áreas céntricas. Se irrespetan áreas peatonales, se transgreden reglas para el estacionamiento, incluyendo la concentración de vehículos públicos ruinosos; y persisten citadinos trechos sin iluminación como bocas de lobo. Un panorama suficientemente negativo para que propios y extraños sientan que la ciudad, ahora más sucia, brinda menos hospitalidad.


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