¡Qué dirá el santo padre!

A1

Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad. Corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, Corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad.
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¡Maldita fatalidad histórica! ¡La fatalidad circular de nuestro destino! Ya estoy cansado, asqueado por el cinismo sin medida. Uno no sabe a qué atenerse. Las palabras nos engañan, los turpenes han prostituido hasta el concepto que ha pasado a ser una trampa de los sentidos, porque oculta más de lo que devela. Las palabras están perdiendo su capacidad de significar. Se escurren, rebotan, se tapan unas con otras, desdibujan lo real, cierran el espacio mágico de la imaginación, pierden sus dimensiones y empobrecen la vida. Más que para abrirnos al mundo del entendimiento, la palabra está siendo usada para deslumbrarnos y economizarnos el pensamiento propio. Mientras, el retintín de la realidad suena: Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. Corrupción, impunidad. Impunidad, corrupción. ¡Oh, Dios!
¡Qué dirá el Santo Padre, que vive en Roma!