Que nadie afecte el año escolar

Los maestros organizados bajo la sigla ADP entran en abierta contradicción con las aspiraciones del resto de la sociedad de que el año escolar, ya en umbral de apertura , se desarrolle con la mayor normalidad posible. El absurdo del gremio profesoral consiste en convertir las fallas e insuficiencias del sistema público en su particular motivo para protestar, a todo el largo, con el previsible resultado de agravar los efectos de los males que argumenta. El perfil más conocido de la lucha magisterial es paralizar la docencia asumida como un derecho de todo asalariado; pero en directa violación del derecho del estudiantado a recibir enseñanza demanda que fue enarbolada con toda legitimidad para reclamar lo que finalmente el Poder concedió y en el que se ha empeñado con acciones contundentes: El 4% del Presupuesto del Estado para las escuelas, los estudiantes y sus maestros, cada uno recibiendo mejor atención.
Los problemas que más urgente atención merecen en este país tienen que ver con la formación escolar y ciudadana. Hay demasiado gente padeciendo necesidades, desempleo y muerte prematura porque no fue lanzada a la adultez con niveles de escolaridad que sirvieran de base para convertirse luego en un trabajador competente o un útil profesional como garantía de acceso a actividades productivas. La ADP debería admitir que ningún interés sectorial debe trastornar clases.

Diferenciarse sin anularse

El sistema partidario dominicano padece el mal de la discordancia que traba procesos y dispersa componentes. Y no es porque sus liderazgos se aparten de la unanimidad, que no es en modo alguno imprescindible para que la democracia funcione. Es porque al disentir tienden a colocarse en posiciones irreconciliables. “O jugamos todos o se rompe la baraja”. Los términos medios apenas existen aun cuando siempre es posible dar más valor a las coincidencias que a las desavenencias para de todos modos incluirlas en un mismo paquete.
Suele ocurrir que por más vueltas que reciban las ideas en conflicto no aparezca la fórmula que haga encajar a todos los cerebros en una misma horma. El país político siempre agradecería que las dirigencias partidarias se acojan al consenso básico de aceptarse como diferentes para seguir adelante.