Rechazado

Después de sentirme frustrado con la dura faena del campo, pensé que la mejor decisión para liberarme era ingresar a las filas de las Fuerzas Armadas.
Cuando el auto se alejaba, me quedé mirando la polvareda. A las dos de la tarde llegué a la capital.
Preguntando y dando tumbos encontré la casa de mi prima.
Vivía en uno de los barrios pobres de Santo Domingo. La casa, que era de madera y techada de zinc, fue construida en uno de los lotes que invadieron los obreros de la compañía metalúrgica. No había espacio ni para respirar.
“Vine a engancharme”, le dije a mi prima.
Por la noche visitamos a un sargento mayor. El esposo de mi prima me ordenó entregarle los cien pesos que para eso yo había ahorrado.
Al día siguiente, muy temprano en la mañana esperé en la galería del semioficial.
Después de tomar su café, caminanos hasta el lugar por donde pasaba el bus azul que transportaba al personal de la Fuerza Aérea.
Yo iba lleno de curiosidades.
Me impresionó bastante el escudo a la entrada y los guardias en parada de atención sosteniendo los fusiles y en uniformes impecables.
“Muy pronto estaré así”, pensé.
Mientras más avanzábamos más crecía la ilusión.
Mis ojos apreciaban los aviones, el espacio de entrenamiento y todo el rigor.
Pero era solo cuestión de tiempo.
Durante un par de semanas me sometí a los exámenes.
“Ahora espere el telegrama”, me dijo el sargento.
Regresé al campo. Me preocupaba la miseria en la casa de mi prima.
Como no recibía noticia, entretanto volví a labrar la tierra.
Pero a un año viajé para ver al sargento.
“Lo siento”, me dijo. “Lo rechazaron por la edad”.
En ese instante todo mi mundo se derrumbó.


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