Recintos y centros universitarios regionales

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En febrero de 1970, la Pontificia y Real Universidad Autónoma de Santo Domingo, más conocidas por sus siglas UASD, creó sus dos primeras extensiones en el interior del país: el Centro Universitario Regional Suroeste (CURSO) en el Municipio de Barahona, en la Provincia del mismo nombre, y el Centro Universitario Regional Nordeste (CURNE) en el Municipio de San Francisco de Macorís de la Provincia Duarte. Dos propósitos impulsaron a las autoridades universitarias de esos tiempos a hacerlo: a) democratizar la educación superior, ampliando su oferta hasta alcanzar a esos dos municipios del interior del país; y b) formar los técnicos y profesionales que requerían las regiones donde esos centros universitarios estarían ubicados. Pero, sucedió lo inesperado: el comportamiento de la demanda de estudiantes en el CURSO y en el CURNE evolucionó en sentido contrario al que esperábamos. La juventud universitaria, tanto de Barahona como de San Francisco de Macorís, se mostró más interesada en estudiar carreras liberales como Derecho, Ingeniería, Medicina, Economía, etcétera que carreras técnicas no tradicionales como Agronomía, Veterinaria, Mecánica, Turismo y otras por el estilo. Esto influyó bastante en la negativa de organismos internacionales de financiar esos dos importantes proyectos. A todo ello se le agregaba la actitud negativa del gobierno de los doces años frente a todo lo relacionado con la Universidad más antigua del Continente Americano. Era cuestión de adaptar las instituciones universitarias tradicionales a un conjunto nuevo de grupos sociales, algo difícil, muy difícil de lograr. Preveíamos que antes de finalizar la segunda década de los años 90 del pasado siglo 20, más de 600 mil dominicanos (plural genérico) de edades comprendidas entre los 18 y 30 años estarían cursando estudios superiores. Lo hicimos a principios de los años 60 después de haberse fundado tres universidades privadas: la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña y la Universidad Central del Este. El tiempo nos dio la razón. Al final de la década de los años 80, comenzó a observarse un crecimiento progresivo del número de instituciones del género de manera que antes de finalizar la primera década del siglo 21 ya disponíamos 31 universidades; seis institutos especializados; y cuatro institutos técnicos superiores. La Pontificia y Real Universidad Autónoma de Santo Domingo disponía de una Sede Central y 18 extensiones regionales que abarcaban y abarcan casi toda la geografía del país. La población estudiantil de la Universidad Primada superaba los 100 mil estudiantes; hoy día, cerca de 200 mil personas cursan estudios en la Vieja Casa de Estudios. Todo ocurrió a la sombra de la idea de democratizar el Sistema Dominicano de Instituciones de Educación Superior de manera que más jóvenes pudieran ejercer su derecho a una educación integral “sin más limitaciones que las derivadas de sus aptitudes, vocación y aspiraciones”.
Es cierto que el crecimiento al cual nos referimos en el párrafo anterior ha beneficiado y continúa beneficiando a miles de jóvenes que no habrían tenido oportunidades similares una generación antes y que los estudios superiores se han constituido en las herramientas más efectivas para el ascenso social. Pero, no todo ha sido color de rosas. Hubimos de enfrentar grandes calamidades y todavía nos quedan muchos caminos que recorrer.
En las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo 20, fundar un centro universitario de la UASD en el interior del país demandaba de quienes lo intentaban el poner en juego sus propias vidas y las de quienes los apoyaban.


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