“Recuperem el seny”

España es muchas Españas. Eso lo dice su muy dilatada e intrincada historia. España se piensa negando su pasado moro, su diversidad cultural, su diversidad lingüística y sus conflictos ideológicos. En los libros de historia, en los ensayos, en la academia y hasta en la interpretación de los conceptos y las leyes trata de resolver muchas pugnas, una la que existe entre en nacionalismo político y el sentimiento (social y personal) de identidad. Y en esa pugna ha tomado relevancia el conflicto hispano-catalán de las últimas semanas.
El nacionalismo político, suele ser el instrumento ideológico de dominación que utilizan las elites, en su mejor cara como forma de cohesión y en su peor como forma de engaño, manipulación y discriminación. El nacionalismo político puede proteger los intereses de la producción y el empleo nacionales, suele inclinarse a exaltar los elementos que componen la identidad y pueden dar una fortaleza necesaria para sobrellevar calamidades de forma estoica. Sin embargo, el nacionalismo político también da las dictaduras, la xenofobia, el debilitamiento de derechos fundamentales y la relativización de los derechos humanos. En España y Cataluyna hay -en ambos- nacionalismos políticos.
La identidad es otra cosa. Ésta se nutre de la cultura: tradición, gastronomía, letras, música, pintura, etcétera. Nos viene dada al tiempo que la construimos. Nos viene dada porque hay un vínculo entre generaciones. La construimos, porque sea que existan elementos foráneos o no, las generaciones van adaptándose a nuevas formas, creando una nueva identidad. Así, aunque tenemos la creencia de que la identidad es inmutable, la identidad de hoy se entiende diferente al ayer de nuestros abuelos. La identidad es mucho más maleable y móvil que lo que el nacionalismo político está dispuesto a admitir. España y cataluyna en el difícil tema que enfrentan tienen que soltar los atavismos de sus nacionalismos.
Mutable es la identidad y mutable es la historia. Ninguna sociedad queda inmóvil. La lucha por el poder (en un sentido amplio) entre clases sociales, generacionales e ideologías cambia la identidad. Lo importante de entender esto es un importante hecho político: la historia no es un sino fatal más bien es un devenir, mutable, en la que participamos todos (incluso el resto del mundo).
Las nacionalidades se modifican. Y, si bien para el Estado y los que tienen el mandato de administrarlo existe el obligatorio esfuerzo de mantener la unidad (del territorio) hoy día es inadmisible que la unidad nacional se imponga por la fuerza (o por meros argumentos de tradición y pertenencia). El consenso social, cultural, económico tampoco es inmutable y sólo en el consenso puede haber cohesión. Si para lograr la cohesión es necesario la coacción, la unidad ya estará perdida.
La independencia de los estados, aún con el aparente retroceso de las políticas y discursos autárquicos, nacionalistas y proteccionistas es algo de difícil definición. La soberanía, más clara, también tiene sus límites en el mundo actual. Así, para España y Cataluyna, para Gran Bretaña (Brexit) y para el mundo… debemos apurar buenos argumentos, salvar el proceso democrático y recuperar la razón.


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