Reflejos del siglo veinte dominicano de José Alcántara Almánzar

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Y esas cualidades, y otras más que vamos a presentar a continuación se encuentran y definen el libro “Reflejos del siglo veinte dominicano” de José Alcántara Almánzar (Santuario, 2017). Llama a la atención, en primer lugar, haber Alcántara Almánzar sintetizado en unas trescientas páginas las vicisitudes políticas, los vaivenes económicos, la cultura musical, la arquitectura, la educación universitaria, los movimientos literarios, el deslumbramiento de nuestras grandes figuras políticas y la permanencia de una reivindicación colectiva hacia un mejor gobierno, y sobre todo, a alcanzar un país de justicia.
Como obra de un narrador experimentado, el libro es una sucesión de hechos muy bien situados, contextualizados y, a la vez, hilvanados con una apreciación muy personal, en la que el autor muestra, entre todas las cualidades, la de un pensador equilibrado de la dominicanidad. Desde el inicio, introduce al lector en un relato de la historia dominicana que particulariza las primeras décadas; las dificultades que hemos tenido para organizar la polis y cuyos efectos se vieron en el periodo posterior a la muerte de Ulises Heureaux, que nos dieron como resultado la pérdida de la soberanía. Esto último debido a las convenciones que tuvimos que firmar con Estados Unidos, por las cuales entregamos las aduanas a los recaudadores estadounidenses y que terminan, no solo con la Ocupación de 1916-1924, sino con los acuerdos de evacuación que permiten la llegada de Trujillo al poder en 1930.
Mientras la juventud buscó cambios sustanciales en el país, que recuerda la novela “Los carpinteros” de Joaquín Balaguer, en el campo de las artes se notaba, un interés por renovar la manera de decir y nuestra literatura va de las piruetas verbales de Vigil Díaz al intimismo sentimental y realista del postumismo de Moreno Jimenes. La sociedad agraria de principios de siglo va entrando a una trama mundial, en la que el caciquismo, ya representado por Desiderio Arias, da paso a la unificación del poder en manos de Trujillo y la fuerza del orden organizada por las tropas interventoras. Todo esto queda sucintamente explicado en las primeras páginas de este libro.
Hasta este punto parecería un libro escrito para extranjeros. Sectores de nuestros lectores que demandan una contextualización precisa de nuestro devenir contemporáneo. Pero la tónica de este libro cambia cuando se adentra en el desarrollo de las artes musicales y en la obra de los exiliados españoles en el sector cultural. Parecería que, en esa etapa tan terrible de nuestra historia ¿los del trujillato?, las artes se instauraron como el gran aliciente para que no dijéramos que todo estaba perdido.
El discurso culturalista se desenvuelve en una exposición que destaca la importancia de la Poesía Sorprendida de Franklin Mieses Burgos y Freddy Gastón Arce, la poesía de Aída Cartagena Portalatín y Carmen Natalia Bonilla y el esfuerzo del dictador en domeñar las letras; mientras los exiliados le ponían un trasunto neoclásico y a la vez vanguardista a la cultura de una sociedad que se levantaba de los desastres del huracán San Zenón, que devastó la ciudad capital, el pago de la deuda y el afianzamiento de la tiranía.
Ya entrados los años cincuenta, el libro toma un giro hacia la exposición positiva de los acontecimientos y a las acotaciones precisas que da el autor y que remiten a la exposición del tiempo vivido. Aunque no hay espacio para la memoria, creo que el discurso toma un rumbo más interesante para el lector dominicano, cuando el autor se adentra en la última etapa de la Era y va planteando las distintas transformaciones sociales y las aspiraciones políticas que muy bien corresponden a una persona que creció en Ciudad Trujillo. La ciudad de las luces de la posguerra y el despilfarro de dineros públicos con la celebración de la Feria de La Paz en 1955.
Así como es revelador el capítulo dedicado a las artes musicales, en las que el autor ha sido uno de los que más se adentra a ver su desarrollo desde la perspectiva de un historiador de la cultura. También es sobresaliente el capítulo dedicado a la arquitectura. Todo dominicano preocupado por la corrupción en el sector de la construcción ayer y hoy, podrá ver el lado artístico de lo que fue el espíritu constructor unido a la exposición de la belleza en obras emblemáticas construidas por arquitectos nuestros que le dan hoy un perfil distinto a la capital semiurbana de las primeras décadas.
Edificios como el conjunto que integran la Plaza de la Cultura, el actual Centro de los Héroes, el Banco Central, los edificios de la Universidad, su aula Magna, la Biblioteca Nacional y el Museo de Arte Moderno, el Banco Central, vinieron a unirse a obras como el emplazamiento de Gascue y el rescate de la Ciudad Colonial, que permiten hacer un balance distinto de los gobiernos del doctor Joaquín Balaguer, empañados por la corrupción y la represión política contra la juventud. Y en esta parte el discurso culturalista y político asienta en la nota personal que muestra que, aunque equilibrado, el autor ha sabido tomar partido por las mejores causas y sin ocultar las grandes heridas de nuestro pasado reciente.

Resalta a cada momento de la lectura el desmedido intento de hacer homenaje. El reconocimiento del otro que es tan importante en la dominicanidad y de tanto valor para poner en perspectiva la contribución de cada uno a la construcción del manto abigarrado, del sentido polirrítmico de la dominicanidad.

La grandeza de nuestras manifestaciones en los campos de la música clásica, la música popular, la arquitectura y la educación no fueron suficientes para que el dominicano descansara en sus constantes quejas sobre los problemas irresolutos. Ahí estaba impenitente la política, como la piedra que Sísifo busca llevar a la cima, provocando las grandes caídas del espíritu.

El traspaso del trujillismo al balaguerismo, las coyunturas históricas caribeñas y el frustrado Gobierno de Juan Bosch, la represión del Triunvirato, la muerte de Manuel Tavárez Justo y sus compañeros, la Guerra de Abril y sus secuelas, como el desembarco en Playa Caracoles y el ascenso del heroico coronel Francisco Caamaño Deñó logran notables contextualizaciones en esta obra

Realista, equilibrado y justo es el autor al enjuiciar la personalidad de Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez en las décadas que van desde el ajusticiamiento de Trujillo en 1961 hasta la subida del Frente Patriótico en 1992. Su discurso se enfoca en los problemas del manejo de la economía, el endeudamiento público, la crisis del modelo económico, la emisión de dineros inorgánicos y la consiguiente devaluación del peso dominicano. Es interesante la conexión de estos problemas con la diáspora y la literatura realizada por los dominicanos en el exterior…

En fin, “Reflejo del siglo veinte dominicano” de José Alcántara Almánzar es un libro imprescindible para pensar la dominicanidad y sus vicisitudes a lo largo de un siglo de historia. Una historia que, a pesar de sus grises, surge como el reflejo de lo que los dominicanos han puesto en el mundo. Libro necesario para el extranjero, pero también para el dominicano, puesto que le servirá de peldaño para pensar una cultura diversa, vista desde una amplitud de perspectivas.


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