Relación entre la grasa en el hígado y el alcohol

2C_¡Vivir!_09_3,p01

El inicio del abordaje del paciente comprende una valoración metabólica a través de exámenes de laboratorio como una curva de insulina, una curva de glicemia, perfil de funcionamiento del hígado y una sonografía de abdomen, de la cual cabe destacar que, si bien es cierto que es un método accesible y de bajo costo, tiene sus limitantes, como el hecho de ser operador dependiente y que si el perímetro abdominal es muy grande, puede limitar el alcance de la técnica, aportando resultados con poca exactitud, por lo que en estos casos se recomienda la tomografía abdominal.
Al momento de relacionar la presencia de grasa en el hígado con el consumo de alcohol, el parámetro establecido es de 20g/día en la mujer y 30g/día en el hombre, lo que equivaldría a una copa de vino.
Vemos un paciente obeso, sospechamos que puede tener hígado graso, solicitamos los laboratorios e imágenes, y acude a una segunda visita.
En este segundo encuentro calculamos índices que nos ayudan a definir el estadio del paciente y la posibilidad que tiene de avanzar a una fibrosis. En ese caso hay que definir la necesidad de derivar al paciente hacia hepatología para un nuevo estudio, la elastografía, una prueba imagenológica que además de valorar numéricamente (no depende de la percepción del operador), puede definir si el paciente tiene áreas de fibrosis, lo cual nos permite ser más agresivos a la hora de definir el tratamiento.
A estas alturas no existe un tratamiento específico para esta condición; hay algunas drogas que han sido autorizadas, por evidencia de mejoría en cuanto a la disminución de la grasa. Hasta 2012, la OMS aprobó el uso de pioglitazona, para esteatohepatitis, probada por biopsia, advirtiendo que los estudios realizados con este medicamento no incluyeron pacientes diabéticos y que se requería una biopsia de hígado que certificara el daño inflamatorio por la presencia de grasa.


COMENTARIOS