Repican los tambores

Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Tengo en mi biblioteca un excelente reportaje de la revista National Geographic en el cual se reconoce el progreso alcanzado por Irak bajo el gobierno de Saddam Hussein en términos más que elogiosos, casi se entiende que los Estados Unidos tomaban al líder del partido Baaz Árabe Socialista como modelo prototipo.
Entonces Hussein era un héroe, para los estrategas del gobierno norteamericano, que había enfrentado con éxito a los iraníes, bajo los auspicios de los Estados Unidos. En una palabra, Saddam era el niño lindo de los yankis en ese tiempo de gloria.
Por uno de esos vuelcos del viento que sopla desde los templos imperiales donde se juega ajedrez contra rivales de una indefensión total, hubo errores de Hussein quien creyó que eran sinceros los elogios y los cantos de sirena, provocó un aumento del precio del petróleo e invadió a Kuwait, un país geográficamente pequeño que nada en petróleo. Y hasta ahí duró la luna de miel.
De pronto los organismos de derechos humanos “descubrieron” que Saddam era un malvado tirano, un perverso que tenía ingentes depósitos de armas químicas cuya tenencia está prohibida para los países que no son los que mandan en el mundo.
Y con ese pretexto invadieron a Irak, lo destruyeron y algunos de los principales dirigentes de Estados Unidos se alzaron con los principales contratos para la reconstrucción de aquel país, que en algunas regiones habían dejado como en la prehistoria.
Antes torpedearon el Maine en la bahía de La Habana para provocar la guerra hispano-norteamericana y alzarse con Puerto Rico, Filipinas y casi con Cuba.
Ocultaron información previa sobre el ataque a Pearl Harbor lo que permitió que, unos iracundos y ofendidos, Estados Unidos entraron a la Segunda Guerra Mundial. Al final crearon un programa de reconstrucción para Europa llamado plan Marshall. Nuevas ganancias para los guerreristas.
Aquí vinieron en 1965 “a salvar vidas” y produjeron una intervención y ocupación que aún no acaba, ahora con un componente llamado “invasión pacífica” desde Haití.
Ahora el presidente Trump de EE. UU. asegura que el gobierno de Siria arrojó gases venenosos en un pueblo y que, por eso, el vaquero mundial aguajea con disparar misiles especiales similares a los que poseen Rusia y China en sus arsenales.
El jefe del Pentágono, James Mattis, reconoció que EE. UU. no tiene pruebas del uso de cloro o sarín en la localidad siria de Duma. La única prueba del Pentágono provino de informes de medios, “así que no puedo decir que tuviéramos pruebas”.
Están sonando los tambores y los redoblantes militares provocan el choque de sables previo a la guerra. En situaciones como ésta la prudencia y la sensatez se van de vacaciones. Que Dios nos coja confesados.