Rosas en cañones

16_10_2018 HOY_MARTES_161018_ Opinión11 A

En nuestra entrega anterior comentamos sobre la estadía en Santo Domingo en 1872 de Samuel Howe y su esposa Julia Ward, representante el primero de la compañía de Boston a la cual el presidente Buenaventura Báez había arrendado la península de Samaná y la segunda autora del célebre “Himno de Batalla de la República”. Cuando Báez estuvo casi derrocado escribió al cónsul norteamericano en Samaná: “Usted y su amigo el Dr. Howe deben de tratar de convencer al presidente Grant para que declare el protectorado que pondría fin a todas las desgracias de este país”, pero Washington no le hizo caso. Cuando Báez fue derrocado en 1873, Howe y su esposa decidieron viajar a Samaná pues la empresa peligraba con un Báez exilado. En adición, la quiebra de bancos norteamericanos en 1873 había privado de recursos a la compañía.
Vivieron “en casi retiro absoluto” durante dos meses en un bohío en una loma a un kilómetro del pueblo de Samaná. Él leía a Don Quijote en español y ella en griego a Aristóteles y en alemán al teólogo Ferdinand Christian Baur. Ayudaban a la comunidad de negros exesclavos de origen americano en sus servicios religiosos y hasta encontraron a uno de los más viejos leyendo un misal al revés. Fueron días bucólicos. Howe escribiría: “En verdad aquellos cuyos ojos no han visto los trópicos, no han visto la gloria terrenal del Señor”. Según uno de sus biógrafos: “Había llegado a querer la belleza y el calor de Santo Domingo y deseaba vivir allí”. De pronto se dio cuenta que la compañía que auspiciaba y que representaba estaba constituida por una “banda de estafadores”, pero quedó al frente de ella porque tenía la esperanza de salir de los “sinvergüenzas”, aunque también admitió, con tristeza: “Soy humano” y ambicionaba dinero.
Ese paraíso se le desplomó cuando el gobierno sucesor al de Báez, el de Ignacio María González, canceló el contrato, enviando la goleta de guerra “Capotillo” con José Gabriel García y Carlos T. Nouel a bordo, para ejecutar esa cancelación.
Hay tres versiones sobre lo que ocurrió: según el agente comercial norteamericano, la bandera de la Samaná Bay Company fue bajada “en presencia de gran cantidad de ciudadanos que, en silencio, con el rostro triste y los ojos llorosos, protestaban de la humillante escena”.
Según un periódico dominicano, con un tiro de cañón desde la goleta “se llenaron de contento los buenos dominicanos y se hundió en honda pena a los gerentes y empleados de la quebrada compañía… allí estaba el filántropo Howe y su famosa esposa…Formada la policía en dos alas alrededor del asta de la bandera y colocado el señor Howe, teniendo a su esposa al frente, este comenzó a pronunciar un discurso, que aunque plagado de frases inconvenientes y de dichos jactanciosos, no inspiró sino risas al numeroso concurso entre la cual estaban mezclados dominicanos y extranjeros. Terminada la plática entre sollozos devoradores, la tristeza de su compañera y la burla de los espectadores, fue arriada la insignia de la compañía y luego enarbolada la bandera dominicana”.
La tercera versión es de Julia Ward: “El único buque de guerra de la República se apareció en el puerto, un miserable barquito pero que llevaba un cañón… los empleados de la compañía, todos negros, marcharon hacia el edificio donde ondeaba la bandera de la empresa. Cada hombre llevaba una fresca rosa al final de su rifle. El doctor Howe pronunció un patético breve discurso… Una malévola caricatura salió en un periódico publicado, creo yo, en la capital, sobre la aquí citada ceremonia con el doctor Howe en la parte delantera en una actitud de profundo abatimiento y la señora Howe parada cerca diciéndole ‘no te preocupes’”. Julia también escribiría en su diario: “Nunca la frente del viejo cruzado lució más noble, o mejor, que en esta ocasión. Con su bella caballerosidad mantuvo su frente, en gran contraste con el barbarismo y la ingratitud de los que ordenaron este acto”.
Howe se quedó y hasta trató de convencer a un barco de guerra americano de atacar. Regresó a Boston donde murió tres años después. Pero no fue el fin, pues Lilís y Trujillo trataron de vender a Samaná al gobierno americano, sin éxito.