Rostros de locuras

Guido Gómez Mazara.
Guido Gómez Mazara.

Cuando los modelos políticos hacen metástasis en el cuerpo social de una nación, se inicia una fase de desbordamientos donde la racionalidad y buen juicio resulta derrotada por esas manifestaciones de popularidad en fenómenos que, terminada la luna de miel, los daños perturban todo el funcionamiento de la institucionalidad democrática.
Abdalá Bucaram expresó un profundo vacío en un Ecuador de golpes, conspiraciones y liderazgos fratricidas incapaces de entender lo que se cocinaba con posterioridad a las locuras coyunturales y falta de inteligencia de toda una clase política. Antes, en Panamá un nacionalismo de hojalata hizo de un militar sin criterio y amante del dinero, una caricatura de la continuidad de un hombre de la dimensión de Omar Torrijos. Manuel Antonio Noriega, demostró toda clase de miserias, y terminó sus días reducido a la insignificancia, entre calabozos y procesos de extradición.
La llegada al poder del expresidente Cardozo en Brasil sirvió de alivio a un país que llevó a la posición de mayor trascendencia a un hombre de los medios de comunicación que confundió la televisora Teleglobo con una verdadera plataforma programática, el hoy desdibujado Collor de Melo. Actualmente, las dificultades procesales que enfrenta Lula da Silva anda ambientando un candidato que se autocalifica del Donald Trump carioca.
Los norteamericanos exhiben una extensa lista de locuras políticas que reflejan los desajustes e incomprensiones. Ese modelo de democracia casi perfecta hizo de Jesse Ventura, gobernador del Estado de Minesota. Es decir, la versión estadounidense de Jack Veneno haciendo de líder partidario, e intentando presentarse de candidato independiente. A Marlon Barry, una investigación de la DEA lo encontró consumiendo “crack”, y el episodio vergonzoso provocó su renuncia como alcalde de Washington. Años después, volvió a ganar un puesto en el gobierno municipal, utilizando el lenguaje de redención, con la gravedad de que los electores votaron abrumadoramente en su favor. Y en Puerto Rico, el proceso de simplificación de los ajetreos y competencias por alcanzar la gobernación provocan una guerra de apodos inentendibles, pero de una enorme capacidad de retratar los políticos de la Isla del Encanto. Piensen que a Carlos Romero Barceló le decían El Caballo, los adversarios de Acevedo Vilá crearon el calificativo de Alacrán para estigmatizarlo, a Hernández Colón, Luis Fortuño, Alejandro García, respectivamente los llamaron: Cuchín, Milhouse y Agapito. ¿Creatividad popular o pobreza del debate?
Un caso referencial es Nicolás Maduro. Monumentalmente inculto, sin carisma y sus locuras le hacen materia de burla, desbordando las fronteras de su patria. Inclusive, es un fenómeno que de manera aviesa, sirve a campañas de miedo en figuras políticas de verdadero potencial electoral como Gustavo Petro y López Obrador. Ambos, aspirantes presidenciales punteros en Colombia y México tienen que invertir una gran parte de su tiempo argumentando los ataques de sus adversarios afanados por asociarlos con las características del presidente venezolano.
Los tiempos en que los dirigentes partidarios se distinguían por sus destrezas académicas y su hoja de servicios ciudadanos pasaron al asalto de la escena pública por un puñado de gente concentrada en ser popular, sin que tal distinción obedezca a parámetros elementales para que el talento conduzca el ejercicio político por los mejores senderos. Aquí Corides expresaba en una fotografía del concho primo con intención aspiracional. Asimismo, Luis Homero Lajara Burgos entendía que podía ser jefe del Gobierno. Hasta el Chino Pichardo creyó que el área de caminos vecinales en la Secretaría de Obras Públicas podía abrirle la cancha al Palacio Nacional.
Por eso, cuando escuché al Canciller del país, Vargas Maldonado justificando la designación del señor Boció al frente de un consulado en Haití, bajo la tesis que las acusaciones no fueron en su gestión, pensé en el océano de rostros alocados que desdibujan la escena pública, colocando en la categoría de piezas de escarnio al ejército de ineptos que se sienten “presidenciables”. ¡Por Dios!