Ruidos comunicacionales

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Al hablarse de la comunicación humana se oye, también, del ruido o interferencia. Alicia Ortega vino a probar que las interferencias resultan de obstrucciones debidas a objetos físicos y a diferencias idiomáticas. Un chino que no habla español y me llama por teléfono, da lugar al ruido comunicacional o interferencia. Situados uno frente al otro y recurriendo al lenguaje cinético, quizá, podremos entendernos. ¿Por teléfono? ¡Nunca de los nuncases! El introito ha de servir para explicar las constantes negaciones a lo reproducido en los papeles de Wikileaks.

Alicia reproduce uno de tales documentos y afirma que Pedro Gil le dijo al embajador Hans Hertell o a un oficial de la oficina política que el perico era verde y Pedro Gil dice que no lo dijo. Casi todos los documentos reproducidos por Alicia han sido refutados. Yo no dije dije sino que dije Diego.

No piensen que el embajador Hertell era sordo o sufrían de los oídos los funcionarios de la sección política de la Embajada de Estados Unidos de Norteamérica. ¡Nada de eso! ¡Jamás! Tampoco piensen que los dominicanos, pasados por un trago de whisky de maíz de Kentuky, sufrimos de habladuría aguda. ¡Nunca jamás! Sencillamente, la interferencia comunicacional hizo su agosto (y hasta su junio y su julio) en aquellas negadas conversaciones.

Porque resulta muy cuesta arriba que, en medio de tantas detalladas interlocuciones, nadie haya dicho lo que no dijo. Ni lo que dijo. Conviene por consiguiente, que el Gobierno Dominicano le escriba al gobierno federal de los Estados Unidos de Norteamérica. En lo adelante, debe decírcele al gobierno estadounidense, queda terminantemente prohibido mandarnos funcionarios que no hablen español. Ni siquiera debemos admitir en calidad de embajadores o en las posiciones de la sección política, a personas que hablen por señas.

También debe requerírseles como opción de gran utilidad, que al conversar con un funcionario gubernativo o de partido de oposición, se grabe el diálogo. No constituye ociosa sugerencia que concluido el encuentro, se reproduzca la cinta y cada quien conserve un ejemplar.

De tal modo, cuando en el futuro otro infidente se lleve un paquete de documentos del Departamento de Estado, Alicia Ortega no confrontará denegaciones.  A ambos lados podrá esgrimirse la cinta magnetofónica guardada. “He aquí lo que dije en ese encuentro”, podrá argüirse. Y desde el otro lado se podrá señalar conformidad o inconformidad con lo reproducido como copia fiel de lo grabado.


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