Salud al alcance de todos

El inicio del nuevo milenio muestra al desnudo una humanidad tan heterogénea y diversificada que resulta difícil, si no imposible, agrupar los pueblos a fin de poder realizar estudios estadísticos. Cada individuo parece un ente enajenado del resto de sus congéneres, viviendo la infame consigna de “sálvese quien pueda”. Y sin embargo, estamos forzados a convivir produciendo y compartiendo bienes y servicios.

El gran problema existencial estriba en que rara vez las manos que trabajan reciben el justo pago por la labor realizada. De igual manera, notamos a mucha gente que requiere y demanda urgentes servicios pero el modo como está organizada la oferta hace inaccesible la atención. Los doctores Michael Stillman y Monalisa Tailor dolorosamente retratan de cuerpo entero la tragedia del pobre inmerso en la sociedad desarrollada. Estos discípulos de Esculapio publican un enjundioso artículo en la legendaria revista médica bostoniana The New England Journal of Medicine correspondiente al volumen 369, de noviembre 14 de 2013.

El escrito lleva como título El Muerto Andante. Trata sobre una pareja de esposos indigentes, quienes a pesar de trabajar a tiempo completo no cuentan con un seguro médico que cubra los pagos por atenciones de emergencia, ni por enfermedades crónicas o catastróficas. El esposo visitó la sala de urgencias debido a un fuerte dolor abdominal acompañado de estreñimiento. Los análisis de laboratorio y estudios de imágenes costaron diez mil dólares que representaban el total de ahorro con que contaba esa pequeña familia.

El paciente tuvo que conformarse con regresar a la casa con el diagnóstico de cáncer de intestino grueso con extensión metastásica. Hacía solamente un año había manifestado los mismos síntomas en la consulta de atención primaria, pero al carecer de un plan de salud se le sugirió usar enemas caseros para combatir la constipación. Ahora con un cáncer diseminado por falta de recursos económicos este hombre se define a sí mismo como un cadáver andante. Enfermos de SIDA deambulan sin esperanza de recibir medicamentos retrovirales por no estar asegurados. Una señora con una falla cardiaca congestiva no puede ser evaluada con ecocardiograma por lo que la terapia indicada no se ajusta a las necesidades reales de la cardiópata. A otra dama no se le pudo evaluar un nódulo pulmonar porque no contaba con el dinero para pagar un moderno estudio de imágenes.

Lamentan los facultativos su incapacidad para cumplir el juramento hipocrático de atender al enfermo con las mejores de sus habilidades, cuidando de no hacerle daño, ni cometer injusticias. Consideran que la falta de un seguro puede resultar fatal para una persona y que los médicos deberíamos plantear esta situación como una catástrofe pública y cerrar filas con esa población en riesgo calculada en un setenta por ciento. Este cuadro dramático se vive en Louisville, Kentucky. Mientras leía la revista pensaba en el lugar donde me encontraba, Santo Domingo, capital de la República Dominicana, conjuntamente con las comunes cabeceras de las provincias, con hospitales atestados de pobres criollos sin seguro alguno y nacionales haitianos enfermos indigentes sin documentación alguna. Recuperado de mi pesadilla me decía: Hay que hacer algo y hay que hacerlo ahora. ¡Manos a la obra!