Salvar más vidas es enseñar más y hablar menos

MARIEN ARISTY CAPITÁN

Geraldine Ivette Sánchez Baldera, Ana de León y Ani Mojica son las últimas tres víctimas mortales de esa terrible violencia machista que, lejos de detenerse, parece ir en aumento: los tres feminicidios se dieron en apenas dos días y medio.
Mejor suerte que ellas corrieron Yuleici María Aquino, quien fue herida de 10 puñaladas el domingo pasado pero sobrevivirá; y Lissette Santelises, golpeada el lunes por su expareja quien no pudo apuñalarla porque ella estaba acompañada. Su agresor está libre.
Como ellas, muchas mujeres son violentadas en esta media isla. La mayoría, aunque no muera físicamente, muere por dentro; son mujeres que sufren, se sienten solas y no saben a quién acudir porque temen por sus hijos, por su situación económica y, sobre todo, piensan que no tienen salida: con la autoestima minada por su agresor, se creen condenadas.
Salvar a esas mujeres es la tarea pendiente que tienen unas autoridades que se han quedado en el discurso y la denuncia: no le ofrecen fórmulas reales a esas mujeres para que puedan rehacer sus vidas. ¿Dónde están los programas de inserción laboral para ellas?
También falta llevar a las escuelas programas para enseñar a los niños y jóvenes a respetarse pero, sobre todo, a reconocer los patrones violentos para que puedan huir de ellos: desde los celos y el control inicial hasta el aislamiento, la humillación y la agresión. Aplatanen, por ejemplo, “La historia de Pepe y Pepa”, de la socióloga española Carmen Ruíz Repullo, que explica cómo funciona la escalera cíclica de la violencia de género. Salvemos más vidas y hablemos menos.