Santo Domingo y Haití en el horizonte decimonónico

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A ambos lados de la isla, la narrativa dominante en torno a la historia de Haití y República Dominicana enfatiza las dilatadas tensiones entre los dos países. Si bien es cierto que es posible identificar múltiples patrones de conflicto, hay que señalar también los numerosos ejemplos de relaciones armoniosas y mutuamente favorables.

El libro de Anne Eller: We Dream Together. Dominican Independence, Haiti, and the Fight for Caribbean Freedom [Soñamos juntos. La independencia dominicana, Haití y la lucha por la libertad en el Caribe] (Duke University Press, 2016), indaga en estos aspectos poco explorados de la historia de la emancipación dominicana.

El estudio, documentado con material del Archivo General de la Nación, abarca un período de cuarenta y tres años que principia con la consolidación del territorio insular por parte de Boyer en 1822. A partir de ese momento, Eller examina el caótico devenir de la nación dominicana para alcanzar su independencia en 1844, explica los meandros de la subsecuente anexión a España en 1861 y culmina su análisis con una puntillosa relación del restablecimiento de la soberanía en 1865.

La profesora de la Universidad de Yale ausculta este período de la historia dominicana recurriendo a un archivo muy particular: recortes de prensa de medios españoles, haitianos y dominicanos; documentos aduanales, comunicados y cartas oficiales de autoridades españoles en Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo.

El recuento de la historiadora parte del trabajo de Pablo Mella en su excelente ensayo Los espejos de Duarte (2013) para arrojar luz sobre las tensiones raciales con las que debieron lidiar los dirigentes de la naciente república para poder hacer viable su proyecto político.

Asimismo, Eller explora la precaria situación del nuevo Estado frente a las maquinaciones imperiales de Francia, Inglaterra, España y Estados Unidos. De ese contexto privilegia el accionar de Pedro Santana y la élite económica de la Capital en la reincorporación del territorio nacional a España en 1861.

Eller examina a profundidad los intríngulis de esa transición. Uno de los puntos más sobresalientes de los muchos que aborda tiene que ver con la dificultad que implicó para los españoles el tratar de gobernar la nueva colonia con las leyes de la antigua república. Particularmente complicado era el asunto de la esclavitud, que había sido abolida en la República Dominicana, pero continuaba vigente en los territorios españoles de Cuba y Puerto Rico.

La complejidad de la empresa colonial en Santo Domingo resultaba a todas luces desmedida si se piensa en que España manejaba, al decir de la historiadora, “una jurisdicción sin esclavitud ni distinciones de raza a nivel legislativo”, al tiempo que fomentaba un incipiente capitalismo con la ayuda de la élite económica.

El proyecto capitalista español en Santo Domingo se basó principalmente en la inmigración blanca y en menor medida en el trabajo por contrato de peones de otros grupos étnicos. En su tentativa de consolidar su proyecto económico, las autoridades españolas recurrieron a periódicos dominicanos como La Gaceta de Santo Domingo y La Razón para diseminar los principios del orden que procuraban establecer en la isla.

El resultado de la implementación de medidas de ajuste al sistema colonial español dio pie al incremento de las tensiones raciales y a la demonización de Haití como adversario político y cultural. Este último aspecto no hay que tomarlo a la ligera, puesto que constituye el eje de la ideología antihaitiana que ha colonizado el imaginario dominicano hasta hoy día.

En los capítulos finales, Eller describe las complejidades de la Guerra de la Restauración subrayando la importancia de la ayuda del Gobierno haitiano a la causa dominicana. Otro aspecto importante destacado por la historiadora es el rol de la mujer en el curso de la contienda dando la voz de alarma a los vecinos atrapados en las zonas de conflicto.

Eller dedica sugerentes páginas a subrayar el carácter popular de las fuerzas rebeldes y la estatura heroica de sus principales dirigentes. También deja bien establecida la idea de que la emancipación dominicana de España fue una empresa que se desarrolló sin la intromisión de las potencias imperiales de la época.

El estudio de Anne Eller, como antes los de Silvio Torres-Saillant, Ernesto Sagás y Eugenio Matibag, examina críticamente la historia dominicana enfocándose en las siempre controvertidas variables de la raza y la nación. Se trata de un libro importante, tanto por la profundidad del análisis como por la lectura singularde la hazaña restauradora y la valoración de Haití como agente positivo al interior de dicha gesta.


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