Segar vidas en nombre de la ley

La alarma causada por un video revelador de que un joven perseguido por agentes de la Policía fue ejecutado en presencia de niños y tras suplicar que no lo mataran coloca una vez en primer plano evidencias de que los llamados intercambios de disparos son en muchos casos una falacia tercamente defendida; una forma de arrogarse la facultad de disponer de vidas humanas en grave contradicción con el derecho, aun tratándose de personas sospechosas en grado sumo de haber cometido crímenes horrendos. Desde la condición de guardianes de la ley, los agentes que practican sistemáticas ejecuciones se comportan en el mismo nivel de otros asesinos. No solo matan con alevosía y premeditación, si no que marcan con actos horrendos y de toda ilegalidad al Estado mismo que los tiene a su servicio y que debe velar intransigentemente por el orden jurídico que le sustenta y en el que no existe la pena de muerte.
El deber del mando supremo del Estado al que se suponen subordinados la Policía Nacional y el Ministerio Público es sentar en esta ocasión un precedente contra el tratamiento rutinario de distanciarse con indiferencia de la tantas veces denunciada falsedad en las descripciones de alegados intercambios de disparos impulsando una investigación independiente de la Policía sobre la muerte del joven Rubén Darío Martínez mediante la cual se demuestre total rechazo a las ejecuciones extrajudiciales.

Las ventas sin recetas

La automedicación que se da en el país es fomentada por la permisividad de que muchas farmacias despachan medicamentos sin diferenciar aquellos que son de venta libre de los que por criterios de los fabricantes deben llenar el requisito ineludible de estar amparados en recetas médicas. Fuera de los fármacos controlados por la ley de antinarcóticos el ciudadano común tiene acceso ilimitado a otros patentizados de administración delicada y hasta riesgosa.

Sería difícil calcular cuántas vidas está costando a esta nación el uso indiscriminado de antibióticos cuya aplicación debe ceñirse a la composición y dosis exactas que decidan profesionales. La falta de control sobre esos usos y abusos hace que ciertas bacterias se conviertan en resistentes a tratamientos. La ciencia pierde así capacidad de vencer enfermedades.