Semana Mayor: Por la Vida

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El universo católico mantiene la tradición anual de Semana Santa que arranca el Domingo de Ramos y cierra el Domingo de Resurrección. Ese período alcanza su punto doloroso culminante con la muerte de Jesús de Nazareno sobre la cruz del calvario, para luego dar lugar a un regocijo general tras la noticia de la resurrección del Cristo Redentor. Propicia es la ocasión para meditar profundamente sobre los serios peligros que hoy amenazan al mundo con un apocalíptico exterminio total . Tenemos la firme convicción de que no todos estamos locos, muy al contrario, somos más los cuerdos armados de prudencia y prestos a influir sobre el resto de la humanidad, a fin de que la concordia y el amor se impongan al odio y la guerra. El escalamiento de los conflictos en el Medio Oriente, cercano a la tierra donde nació Jesucristo, debe entrar en la agenda de preocupaciones de cristianos y de musulmanes. En tiempo de cierre de cuaresma con una panorámica internacional tan gris, nada es más oportuno que el siempre válido sermón de la montaña que reza así en Mateo 5: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros… Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre un candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos… Oísteis que fue dicho a los antiguos: <<No matarás, y cualquiera que matare será culpable de juicio>>.
Más que contabilizar el número de víctimas mortales durante el asueto de Jueves Santo a Domingo de Resurrección, proponemos una plegaria por la felicidad y la paz del mundo. Que cada miembro de la gran familia dominicana se imponga como tarea principal de temporada no llevar luto al hogar. Que amemos al prójimo como a nosotros mismos y que sepamos el profundo valor del perdón. Que la prudencia, la sensatez, la humildad y el respeto a los demás estén siempre presente en nuestro cotidiano proceder.
Es la vida el don más preciado de todo ser viviente; cuidémosla, defendámosla. Entendamos de una vez y por todas que la delincuencia no es un mal celestial, es un complejo problema social con una serie de condicionantes; mal que debe ser tratado de conjunto a corto, mediano y largo plazos. El pueblo dominicano está angustiado y asustado por la inseguridad ciudadana, hija de esta fatídica ola delincuencial que nos arropa. Pensemos en el colectivo arrancando en el hogar, seguido por el vecindario, el barrio, la ciudad, la región, el país y el mundo.
Pronunciémonos todos al unísono con un rotundo no al crimen delincuencial, y con un fervoroso sí por la paz y la vida.


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