Sentido y fin de la economía

Siempre se ha dicho que quien mejor puede calificar el curso de una economía es el ama de casa que cada cierto tiempo compra en el colmado de la esquina o en el supermercado. Ella puede verificar el comportamiento de la ley de oferta y demanda y también podrá registrar, con rapidez, si su moneda mantiene o pierde capacidad de compra. Esta misma señora está en condiciones, igualmente, de saber si los ingresos de su hogar permiten o no solventar el presupuesto de gastos de su hogar.
Si aceptamos como válida esta propuesta de medición o calificación del curso de nuestra economía, entonces tendremos que admitir que la propaganda tendrá un límite, que sus efectos estarán condicionados al filtro de esa señora -y como ella cientos de miles- que concurre al mercado para comprar lo que su familia necesita para el sustento diario. Este es un punto interesante en un país que suele envanecerse en loas al bienestar, a la mejoría y a las bondades de un paraíso que con frecuencia no supera los límites del video, de la información o del espacio pagado.
Las sociedades han llegado a comprender que el bienestar de una economía no se contrae solo a la buena salud de sus estadísticas. Porque más que al servicio de la contabilidad, la economía debe estar al servicio de los hombres y mujeres que pueblan una comunidad determinada, un país o un conjunto de naciones. Digámoslo con las palabras precisas: la economía está llamada, para que sea catalogada como útil, a satisfacer las principales necesidades del ser humano y a la conservación del medio ambiente. Es decir, a proveer alimentos, seguridad, educación, salud, sostenibilidad medioambiental y ocio. En algunos países se le considera como un medio para llegar a la felicidad.
Los dominicanos todavía tenemos que pensar la economía, digamos que sus resultados, en función del bienestar de todos. No podemos seguir en los extremos representados por una rígida concentración de la riqueza y un ejército de pobres e indigentes. Ya sabemos que en medio de unos y otros están los pobladores de las llamadas clases medias, tan frágiles como las hojas secas.
Dura tarea nos espera, pero debemos emprenderla con la colaboración de todos, de los que están en los extremos, es decir, de los que tienen mucho y los que tienen muy poco, y los que están en ese medio vulnerable y frágil. Para el bienestar de todos.