Sentirse versus estar sano

28_08_2018 HOY_MARTES_280818_ Opinión12 A

Todo lo que el Homo sapiens denomina vida se inicia con la dichosa jugada del azar en donde el óvulo de mamá se encuentra y se conjuga con el espermatozoide de papá. Ese híbrido producto de la fecundación será tan saludable como lo sean sus predecesores. Heredamos 23 cromosomas paternos y 23 homólogos maternos; así completamos los 46 cromosomas presentes en cada célula de nuestro organismo. En esos cromosomas están los genes que codifican las proteínas que son parte integral del edificio humano. Los errores o mutaciones en el código genético pueden expresarse como enfermedad o síndrome hereditario. Al momento del nacimiento pueden realizarse algunas pruebas de laboratorio a fin de determinar si albergamos ciertas taras genéticas que puedan manejarse desde una temprana edad y así evitar sus efectos catastróficos. La deficiencia de ciertas enzimas pudiésemos suplirlas, o limitar cargar el organismo con sustancias que no podemos digerir adecuadamente. Un ejemplo muy común es la carencia de lactasa en el bebé, lo que le impide absorber el azúcar que contiene la leche natural.
Con el análisis detallado del genoma humano los biólogos moleculares auxiliados de poderosas bases de datos pueden aplicar ciertas fórmulas estadísticas y decirnos cuáles son las probabilidades que tenemos de desarrollar determinadas enfermedades durante el transcurso existencial. Afecciones neurodegenerativas que se manifiestan a los 30 o 40 años pueden ser diagnosticadas en el feto.
Ya hay parejas que optan por la fertilización in vitro a fin de asegurar que tanto el óvulo como el espermatozoide no contengan las mutantes genéticas que acarrean cierto tipo de enfermedades.
En todo esto existen limitantes éticas y religiosas con las que el mundo de las ciencias biológicas tiene que negociar con la finalidad de hacer a la especie humana más sana y con mayor cantidad de vida.
Ahora comprendemos mejor la vieja paradoja de sentirse bien y estar mal, tener mucho apetito, comer con frecuencia, beber mucho, y sin embargo estar enfermo de diabetes mellitus. En otras ocasiones nada nos atormenta excepto por un ligero dolor de cabeza que sería el único aviso de una hipertensión arterial en curso. Suele ocurrir que un amigo o familiar note cierta palidez en nuestro rostro y un hemograma arroje una anemia crónica por una pérdida invisible de sangre por las heces a consecuencia de un cáncer hereditario del colon.
Una consigna inteligente del milenio sería la de darnos más y mejores años; traer al mundo niños y niñas genómicamente sanos, proveyéndoles de una alimentación saludable, un ambiente libre de tóxicos; educándoles para una convivencia de hermandad y de paz. Con la ayuda de la ciencia moderna se pueden evitar dolores, sufrimientos y derroche de recursos a la familia y a la sociedad. Auspiciemos el análisis genómico de cada persona antes de decidir parearse para engendrar. Evitemos el incesto y la unión entre familiares cercanos para así reducir la probabilidad de que el padre y la madre transmitan por partida doble un gen mutado con una tara crónica fatal.
No basta con decir me siento bien, lo importante es estar realmente sano. Esto último sólo lo llegamos a saber mediante el auxilio de pruebas diagnósticas que todavía no están disponibles para todos. Habrá de llegar el día en que la ciencia arrope el mundo entero y cada persona longeva pueda llena de júbilo gritar con seguridad: ¡me siento bien y estoy en salud!


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