Sermón de Montesinos y el tiempo presente

Por MELANIA E. RONDÓN
03 enero, 2009 8:02 pm Sé el primero en comentar
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“La divergencia entre el llamado progreso material  y el progreso moral es tan manifiesta, que tiene motivo la razón  para dudar de la realidad  de la civilización contemporánea”

Eugenio María de Hostos

A través del tiempo, de periodo en periodo, la humanidad ha recibido importantes legados  para que, peldaño a peldaño se engrandezca su razón de ser y de existir.

En estos  legados, hay hazaña que son  raigambre   de amor, paz, justicia, y desarrollo en pro del bienestar de la raza humana. Desde esta conciencia aludimos a la labor misionera  de la Orden Religiosa los Dominicos que llegó a esta isla, y al   llamado nuevo mundo, en el año de 1510 en una labor definida hacia la educación y la evangelización. A los dominicos toca el alto honor de la creación de la primera universidad en el nuevo mundo, hoy Universidad Autónoma de Santo Domingo. Una tercera cuestión, y quizá la menos reivindicada, es su identificación  como compromiso divino y social con quienes sufrían la más horrible opresión: los indios de la Isla Española.

Esa identificación  con quienes estaban en desamparo, llevó a los dominicos en la persona de Fray Antón de Montesinos, a escenificar uno de los precedentes más significativo, hermoso y conmovedor en procura de los derechos humanos, lo cual aconteció en la Isla de Santo Domingo en el año 1511, un 21 de diciembre, cuando  el fraile pronunció el Sermón de Adviento, conocido también como el Sermón de Montesinos. Este  sermón pronunciado en el cuarto domingo  de adviento, tiempo en que la Iglesia Católica se prepara a la celebración de la fiesta del nacimiento del hijo de Dios, sintetizó  buena parte de la realidad  social y del drama humano que vivían los indios. De esto sabemos   a través  de Bartolomé de las Casas en su “Historias de las Indias”.

La situación  constatada por los misioneros  dominicos, era de abuso  y explotación a quienes – -como bien destacaron-  estaban en su propio territorio. Los excesos eran tales,  que dicha población se fue enfermando hasta ser diezmada y aniquilada totalmente. Al parecer, los españoles entendían que al habérseles encomendado a los indios, el concepto incluía exterminarlos  sin ninguna compasión, por eso, desde sus intereses lo veían como algo normal. El poeta Pablo Neruda en su Versainograma a Santo Domingo, poniendo el acento en la  situación  ya comentada, dice en una de sus estrofas:

Enarbolando a Cristo con su cruz

Los garrotazos fueron argumentados

Tan poderoso que los indios vivos

Se convirtieron en cristianos muertos.

Entonces los misioneros, no teniendo otros recursos para enfrentar el abuso de poder  y la usurpación de los derechos de los nativos/nativas, apelaron a la fuerza de la razón  que les asistía, y usaron el verbo, la oratoria,  para desde  el lugar  que le era propicio: el púlpito (donde como en cada domingo  se reunía la feligresía española para  “ honrando a Dios” ),  hacer sentir  la gran denuncia y  oposición a tantos desmanes.

El predicador en su discurso enfrentó la soberbia de ese poder, y   habló con  severidad  cuando luego de la introducción necesaria, y usando  la  frase bíblica “Ego Vox clamantix in deserto”  (yo Soy la Voz que Clama en el Desierto), inició su memorable alocución, en la que semejó  el desierto  con la esterilidad e insensibilidad que estaban mostrando los españoles en la isla, y que tal conducta  se traducía en pecado grave,  un valor importante para la España de la época. Un conjunto de preguntas hechas desde el sermón  profundizaban aun más la severidad  del religioso, veamos: ¿ Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible  servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes  que estaban en sus tierras mansas y pacíficas  donde tan infinitas de ellas, con muerte y estragos nunca  oídos  habéis consumido? ¿Estos no son hombres? ¿Estos no sentí? Por todo este conjunto de hechos  les advirtió  que así no podrían  salvar su alma.

Los dominicos actuaron sin miedo, ya que  no tenían más intereses  que los propósitos de su digna misión,  por eso, el  sermón de Montesino es un hecho memorable  que demuestra la opción decidida por quienes más sufrían la violación de sus derechos, y no  importaron las reacciones de desafecto del poder político. Además, este fue un sermón consensuado, pues todos los dominicos estaban de acuerdo, unidos en el pensamiento y en la acción denunciadora, comenzando con el superior Fray Pedro de Córdoba. Por eso, es bien entendible la reacción suscitada por este sermón que motivó  que el fraile (para calmar a  las autoridades en rebeldía)  volviera el siguiente domingo para (según creían ellos) retractarse de lo antedicho, pero ocurrió que Montesino  no solo reiteró lo del domingo anterior, sino que endureció aun más su reprimenda por los abusos en la colonia.

La reacción como algo natural, no se hizo esperar.  En la página  27 del libro “ Predicadores de la Gracia “,Javier Atienza y Jesús Espeja, dicen que “ las protestas llegaron a la Corona, Y Fray Pedro de Córdoba  regresa a España  para defender ante el rey  la posición adoptada por los frailes  y los razonamientos que tenían  para ello “.

Estos barones de sotanas bien llevadas, dejaron un legado de tal dimensión  que no es fácil explicar  por qué a este hecho no se le ha dado en el mundo de hoy, especialmente en la República Dominicana, toda la importancia  que reviste y por qué con mayor frecuencia no  lo enarbolamos como un paradigma a perseguir. Este hecho debe estar más vinculado a nuestra identidad, por lo que, el día consagrado a los Derechos Humanos, debía ser  en nuestro país el 21 de diciembre,  pues en esta fecha y en este territorio, se dio por vez primera  el  grito o protesta formal a favor de la justicia y los derechos. ¡ Que bueno es tener este legado histórico de tanta altura moral! 

Hace varios años que el gobierno de México donó la estatua del Padre Montesinos en honor a la trascendencia  de sus aportes a los derechos humanos. La estatua está colocada de frente al mar, pero es indecorosa la forma de cuasi abandono en que se le tiene, careciendo  de cuidados, y de hermoseamiento conforme a la dignidad del hecho y del personaje. Aun así, el, monumento más preciado, el que demanda la historia y la identidad,  es la emulación en el cada día con  el ejemplo a través del compromiso con la justicia y con los derechos.

La metáfora: “voz que clama en el Desierto”  sigue siendo válida. Persisten  los  obstáculos  para que  muchas personas y grupos marginados  avancen y mejoren su calidad de vida en función del disfrute de sus derechos. De los tiempos actuales  podemos tímidamente comparar (salvando la distancia, entre otras cosas) el Sermón de Adviento, con  la disertación que para Semana Santa,  un grupo de sacerdotes católicos, pronuncian desde la Catedral Primada de América. 

Aquí, frente a personalidades civiles  y militares, así como   de la comunidad católica,  en base a las Siete Palabras dichas por Jesús en la Cruz, se tocan temas sociopolíticos, y hacen denuncias sobre  problemas como la pobreza, la delincuencia, la corrupción, los vicios, la violencia intrafamiliar, entre otros. Esto  ha provocado  reacciones en importantes sectores de poder, pero al rato  todo sigue igual, y todo esto resulta ser “voz  clamando en el desierto”. En materia de derechos humanos ha habido avances.

Recientemente, el 10  de diciembre,  se celebró el Día Mundial de los Derechos Humanos, es decir, el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hecho acaecido en el año 1948. Es evidente que este acontecimiento vino a responder a una  gran necesidad de los países de la comunidad internacional.  Haberse legislado  nacional e internacionalmente, tiene gran mérito, pues quienes caigan en esas transgresiones se colocan al margen de la ley. El reto es seguir  trabajando  hasta que no sea necesario  repetir  por necesidad  las memorables preguntas  de Montesinos en el Sermón de Adviento.

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