Sólo una justicia eficiente y ciega

Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Avaricia, la envidia la gula, la ira, la lujuria, la pereza, la soberbia, la vanidad, son los siete pecados que enmarcan la conducta humana.
En 1947, los menores de edad teníamos prohibido entrar al Tribunal, pero me colé en la sala donde estaba siendo juzgado un muchacho de apenas 17 o 18 años, acusado de matar a un hombre. El joven confesó la razón del crimen, en un juego de pelota el adulto y el joven tenían posiciones diferentes. Discutieron. El hombre lo abofeteó delante de todos y su sentido de la vergüenza no le permitía dejar pasar por alto tal abuso.
En estos días una turba de muchachos amacheteó a un joven y le cercenaron un brazo con evidente intención de matarlo.
El mundo es el mismo desde siempre. Cambian algunas características, se impone la civilización que se traduce en avances en la conducta y en el comportamiento, aunque las más de las veces, los pecados que se cometen hoy, son iguales o peores de los que aparecen registrados en la Biblia y en otros documentos escritos, desde códices y leyes, que decimos y creemos que han sido superadas.
Se pierden en la memoria de los hombres los crímenes que se repiten día tras día, con la ventaja o desventaja de que ahora somos informados, al instante, de lo que ocurre en los más apartados rincones del mundo.
Nos alarma, nos llama la atención y nos preocupa que un hermano mande a matar a otro hermano, pero olvidamos la tragedia que significó para el matrimonio de Adán y Eva, que uno de sus hijos matara a otro, cuando en el mundo sólo había cuatro o cinco personas.
Nos alarma, como si olvidásemos las historias contenidas en Las Mil y Una Noches, donde los padres cohabitaban con las hijas, las acciones lésbicas y de homosexualismo no eran extrañas.
Siempre ha sido igual, basta con escuchar los lamentos de Patroclo ante la muerte de su amante Aquiles, en el sitio de Troya. Recordar el matrimonio de Edipo y su madre, de cuya unión incestuosa la pareja procreó varios hijos. O la trágica muerte del padre de Edipo a manos de su hijo, quien desconocía que la persona a quien enfrentaba era su progenitor.
También la venganza de Clitemnestra contra Agamenón, padre de Ifigenia, hija de ambos sacrificada a cambio del triunfo de los griegos en Troya.
Se cuenta que Carlomagno (emperador romano-germánico, vivido en entre 742 y 814) no permitió que se casara ninguna de sus hijas porque él fue amante de todas ellas.

Esos crímenes y pecados sólo serían frenados por una justicia que los desestimule, Y carecemos de un sistema judicial confiable, honesto y eficiente.

Por lo demás, siempre ha sido igual.