Stefan Zweig: aviso de incendio

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Leí por vez primera a Stefan Zweig siendo un adolescente. Este autor no se encontraba en la lista de lecturas obligatorias asignadas por Llisan Wu, mi excelente e inolvidable profesor de español y literatura en la secundaria del Colegio De La Salle de Santiago de los Caballeros, pero aquellos eran unos tiempos en que, sin acceso a los “bienes de primera necesidad” del telecable y la Internet, el tiempo daba para todo, pues pasaba más lento que un suero de miel de abejas, por lo que me fue posible leer, sin orden ni guía alguna y cuando no estaba ocupado junto con mis amigos contando los “cepillos” Volkswagen que circulaban en las calles, las obras registradas en mi propio canon literario. Recuerdo particularmente sus “Momentos estelares de la Humanidad”, quizás su libro más famoso y en el que hace galas del fino arte de pintar las más variadas miniaturas históricas y literarias, que van desde el descubrimiento del océano Pacífico y El Dorado, pasando por la batalla de Waterloo y la conquista de Bizancio, hasta el perdón a Dostoievski momentos antes de su ejecución en 1849 y el viaje de Lenin hacia Rusia en 1917. En palabras de Zweig, “cada uno de estos momentos estelares marca un rumbo durante décadas y siglos”, constituyendo puntos clave y giros copernicanos en la historia de la civilización universal.
Ya adulto, tendría la oportunidad de leer “Fouché, un genio tenebroso”. Aquí Zweig nos presenta al influyente político francés, un actor clave en la Francia de finales del siglo XVIII y principios del XIX, que vivió el Ancien Regime, la Revolución Francesa, el imperio napoleónico y el retorno de la monarquía; y quien para Zweig constituye la mejor muestra del político, es decir, un ser humano absolutamente inmoral, una eminencia gris que sobrevivió en la sombra a personajes como Robespierre y Napoleón, que buscaron su muerte, a la que escapó Fouché gracias a su habilidad, su falta de escrúpulos y su conocimiento del aparato estatal francés, de lo que hoy se conoce como el “deep state”, el “Estado profundo”, el conjunto de servicios de inteligencia y de cuerpos armados y paramilitares, que Fouché en algunos momentos dirigió, y que son el verdadero poder tras el trono monárquico o republicano. Son memorables las páginas en que Zweig describe, minuto a minuto, cómo Fouché sobrevive los intentos de ejecutarlo y dibuja minuciosamente los rasgos más íntimos de un personaje que, según el autor, “no conoce las pasiones, no le atraen las mujeres ni el juego, no bebe vino, no gusta del despilfarro, no pone sus músculos en acción, vive solo en despachos, entre papeles y expedientes”. Este libro de Zweig me permitió entender, guardando las distancias históricas, geográficas y culturales, la personalidad y el rol desempeñado por algunos cortesanos durante la infame y oprobiosa dictadura de Trujillo.
Ahora, que de las cenizas del olvido en que se sumió Zweig en Europa y Norteamérica tras su suicidio –cosa que no ocurrió en el mundo iberoamericano-, quien fuera en vida escritor de best sellers renace con una revalorización de su obra, cuando el fantasma del fascismo recorre de nuevo el mundo, he aprovechado, incitado por George Prochnik y su libro “El exilio imposible: Stefan Zweig y el fin del mundo”, para leer su autobiografía, “El mundo de ayer: memorias de un europeo” y he comenzado a entender al escritor, al judío, al exiliado, al humanista y a comprender sus antecedentes, su trayectoria y obra, y al contexto que sirve de pretexto a sus textos. Aunque, como decía Marx, “la historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa”, sorprende como, así como hoy los intelectuales liberales se mofan de los errores ortográficos en los tuits de Trump, según Zweig los pocos escritores que se molestaron en leer el panfleto de Hitler “Mi lucha”, “en vez de analizar el programa que contenía se burlaban de la ampulosidad de su prosa pedestre y aburrida”. Y, del mismo modo que hoy entienden algunos que el imperio de la ley prevalecerá sobre las acciones autoritarias de Trump, muchos judíos se preguntaban si Hitler “podía imponer nada por la fuerza a un Estado en que el derecho estaba firmemente arraigado, en que tenía en contra a la mayoría del Parlamento y en que todos los ciudadanos creían tener aseguradas la libertad y la igualdad de derechos, de acuerdo con la Constitución solemnemente jurada”. Zweig describe, además, en sus memorias cómo la mentira elevada por Hitler a principio de Gobierno contribuyó a embotar la conciencia del mundo, lo que ya está ocurriendo en nuestra época de “posverdad” y “fake news”.
Zweig fue un europeo y un humanista. Sobre el país en donde murió exiliado, escribió un libro tan bello como el país mismo: “Brasil: tierra del futuro”. Brasil fue para él todo lo que le hubiese gustado que fuera Europa: sensual, intelectual, anti militarista y espiritual. Sin embargo, Brasil no fue suficiente para un espíritu con razones de sobra atormentado. Aislado, sin biblioteca para consultar durante la elaboración de sus libros, no hay dudas que murió deprimido, principalmente porque temía que Hitler ganara la Segunda Guerra Mundial. Su nota de suicidio dice: “Saludo a todos mis amigos. Que se les permita ver la aurora de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes”. Si Zweig reviviera, viendo este mundo de hoy, ¿tomaría la misma decisión que tomó hace 75 años? Quizás si leyera a Junot Díaz se convencería de la “esperanza radical”, de que “un escritor es un escritor porque, incluso cuando no hay esperanza, incluso cuando nada de lo que hace muestra signos de ser prometedor, sigue como quiera escribiendo”.


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