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Sumergidos en la podredumbre social

De repente en el siglo XXI nuestro país se ha dislocado y penetra cada vez más en un pantano de la podredumbre social. Los valores, que antes eran característicos de la sociedad, han desaparecido. Las nuevas generaciones del siglo XXI buscan nuevos íconos para hacerlos sus fetiches y objeto de justificación de su nueva ética.
Estamos alarmados. Todavía una buena parte de las generaciones formadas en el siglo XX no conciben el derrumbe de los valores que formaron sus raíces. Estos le dieron fuerza a la formación de sus hijos. Todo ha cambiado. Ahora hay un afán muy dañino por la riqueza y por el vivir bien en que ya nadie concibe, que para tener una casa propia o un vehículo, hay que esperar hasta diez años para lograrlo.
Existe un trasiego de dinero fácil en la sociedad por ese afán de riquezas de cómo conviven las nuevas generaciones. Ahora tienen nuevos estilos de trabajar en que ya no es el horario que obligaba a una entrega cotidiana de esfuerzos en cada esfera de acción de ocho horas como mínimo. Ahora todo es en base a un negocio especulativo del dinero en que las mejores conexiones cibernéticas permiten a los más avispados enlazar increíbles negocios. Esa modalidad del trabajo permite disfrutar de un desayuno tardío a las once de la mañana o de una tarde de golf en los tantos campos de los resorts del Este o los cercanos a la capital. Y por qué no, disfrutar de las chapeadoras de lujo en las tardes después de haber realizado sus actividades comerciales con el uso del internet con el whats app incluido.
El increíble aumento de los feminicidios que tiene alarmado al país, fomentando la podredumbre moral y social, es fruto no solo del aumento de la población, la atracción por Norteamérica y la mezcla con Haití, sino que esa violencia latente viene apareada con el cúmulo de las frustraciones de los hombres al ver que sus ingresos no pueden compararse con los que ellos ven en su alrededor o se promocionan por los medios de comunicación. Esa frustración es mortal y los sicólogos enfrentan un aluvión de situaciones indeseables en donde el desahogo es agredir al ser más indefenso que es la mujer. Ella es receptora de todos los fracasos y celos masculinos en la forma de agresiones violentas, muchas veces mortales. Es cuando el machismo explota con furia y por lo general termina en una fatalidad sin remedio y malogrando las vidas jóvenes que han florecido de esa unión frustrada.
Todos somos culpables de la podredumbre social en que la vida humana ha perdido sus valores. El crecimiento indetenible de la delincuencia y de los feminicidios ha malogrado muchas vidas. Esa lacra procura con esa violencia reemplazar lo que legalmente no pueden obtener con el trabajo. Y es que los frustrados ven cómo sectores sociales se han enriquecido en especial los ligados a la política. Ahí la corrupción e impunidad es un estímulo para el crecimiento del descalabro social. Es el mejor combustible para que cada día sea más violento el crecimiento de los actos de agresión, de robos y asaltos que no tienen sanción. A veces es tan solo para lamentarnos y arrepentirnos de vivir en este marasmo humano pero en el marco de un hermoso país de recursos naturales impresionantes.
No hay medios de cambiar lo que está torcido y no se puede huir del país. Solo las lamentaciones y el pesimismo abunda en los coloquios familiares y de las amistades. O en uno de los tantos simposios y conferencias que ahora están de moda para denunciar los hechos y en sesudas conclusiones ofrecen remedios teóricos inaplicables. Y es que ninguna institución, gobierno o iglesia, podría sumergirse en una tarea que va a bregar con mentes torcidas. Estas no tienen remedio para salir de su podredumbre. Y están cómodos en ese ambiente de perversión y agresión a los demás.
Afortunadamente de esa podredumbre social podría salir un nuevo hombre dominicano. Y es que al tocar fondo en su desplome despierte a la dura realidad de que el país vecino pretende aplastarnos para volver a ser nuestros amos. Cuando la sociedad dominicana, ni siquiera tenía conciencia de valor y nacionalidad, supo enfrentarse mal organizada a un país poderoso con un ejército bien entrenado pero sin motivaciones. De ese marasmo surgió un país que a “trompá y tirones” se ha fortalecido y consolidado como nación con lo malo y lo bueno de toda sociedad humana. De continuar los haitianos con sus secretas aspiraciones, el dominicano sabrá sobreponerse a sus debilidades para hacer valer el derecho de existir como nación organizada y próspera y enderezar su torcido rumbo de derrumbe moral y social.