TC y TN: Papa y Josefina; recuerdos, aplausos y Patria

No soy músico ni crítico de  arte, pero puedo probar que canté muchas serenatas, y bailé y trasnoché en casi todos los salones en donde se presentaban las  grandes orquestas de los 1960; tampoco me esperaba un espectáculo como el del martes 7 en el Teatro Nacional. Sabía solamente que el Tribunal Constitucional había invitado a conmemorar la Primera Constitución, de noviembre de 1844.
 Tenía pocas expectativas. El evento inició con un sentido homenaje a Francisco del Rosario Sánchez, la escenificación de la declaración de la Independencia Nacional, y el fusilamiento del Patriota.
Continuó con un reconocimiento a la labor del maestro Papa Molina y a la de su esposa, la maestra Josefina Miniño, quienes también con sus composiciones, alegraron  los corazones de varias generaciones, y cuyo legado aún no  ha sido suficientemente destacado. Luego, el escenario se incendió con un musical con galas de Broadway, basado en la  romántica vida de la pareja.
Un elenco interesante, mayormente de amateurs, reforzado con artistas de fuste que probablemente aportaron su arte de modo gratuito (pareció que se prefirió darle un bajo perfil a la producción, acaso porque el TC tenía poco presupuesto y se necesitó de colaboraciones artísticas, hasta de coros de iglesias, y hasta de alguien más).
 La producción contó, como se decía entonces, con “el marco musical de la Súper Orquesta San José (en realidad, excelentes músicos de la Sinfónica Nacional), con los arreglos originales (o casi) del maestro Papa Molina, su gran director, con un formato similar a los de La Voz Dominicana de entonces.
El guión, muy bueno, y los actores principales, notables; especialmente la joven bailarina que hacía de Josefina, quien prodigó gracia y sal.  La obra transcurre en la “pantalla” del televisor,  en el estudio de la Voz Dominicana; con artistazos de entonces: Lope Balaguer, representado por un barítono que daba la nota; un par de cantantes femeninas espléndidas, sorprendentes, tanto la que hacía de Lucía Félix, como la que representó a Elenita Santos, esta misma rediviva.
 Y, desde luego, la Soberana Casandra, eterna reina del merengue representada con esplendor por la superba Maridalia, coronando el espectáculo. No lloré, pero ganas me dieron; acaso porque me desbordaba una nostalgia satisfecha y alegre que me duraría por días. Todos los dominicanos, mayorcitos y jovencitos deberán poder ver esta obra.
Algunos hasta anhelarían, en su última caravana, similar coro de dominicanidad, evocador de aquellos años en que una decencia cierta nos enaltecía, y la patria vibraba hasta en los tacos de nuestros zapatos domingueros con aquel merengue enérgico y portentoso,  la música bailable más elegante, alegre y lucida del mundo: la de Papa Molina.
 Esta obra será recordada por todos los presentes que aprendimos entonces a soñar con un futuro mejor; deberá repetirse en teatro, videos y escenarios diversos; mucho mejor, ser llevada al cine, porque le sobra tema, romance, y música e historia de fondo.
 El TC y el TN hicieron gran dueto, seguramente con bastante amor y patriotismo, y con poco presupuesto. ¡Enhorabuena!

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