Teófilo Terrero y Dolly Martínez en una escena de la obra ”¡Oh Dios!” presentada en la Sala Ravelo del Teatro Nacional.

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En ocasión de celebrar el décimo aniversario de “Proa T & M Productores Asociados”, sus fundadores los actores Mario Lebrón y Teo Terrero, presentaron en la Sala Ravelo, asumiendo los roles de director y protagonista, la obra de la dramaturga israelí Anat Gov, “Oh, Dios Mío”, sólo como “Oh, Dios” liberándola del posesivo. Intervienen además, la actriz Dolly Martínez y el actor Alejandro Moss.

El tema de la terapia ha sido recurrente en obras presentadas en los últimos años, entre ellas, “El ABC del sexo”, “Toc Toc”, “Terapia”, “Nosotras lo hacemos mejor”. Hoy el tema regresa, con “Oh, Dios”, pero esta vez, y como si nadie pudiese prescindir de la terapia, el paciente es Dios.
Ana Gov en su obra, un drama existencial escrito en clave de comedia, ausculta la relación entre Dios y el hombre, a través de tres personajes interdependientes: Dios, la psicóloga –Miriam- una madre soltera, y su hijo –David- de treinta años, que padece autismo.
Ese Dios bíblico, omnipotente, omnisciente, está aquejado de una crisis existencial, y convencido de necesitar ayuda, llama a una psicóloga supuestamente atea, y le pide una consulta, sólo se identifica como D, la profesional luego de algunas dudas, accede.

Según la filosofía existencialista, el absurdo es lo que no puede ser explicado por la razón y lo que niega a la acción del hombre toda justificación filosófica; desde esta perspectiva existencial, el texto de Ana Gov se acerca al teatro del absurdo.
A manera de introito, en el modesto consultorio, fina recreación escenográfica de José Miura, David rasguea un violoncello, y tras breves tañidos, se levanta, produce aullidos y movimientos estereotipados, queda evidenciada perfectamente su condición de autista, excelente trabajo de Alejandro Moss.
La psicóloga recibe a D, quien le descubre su verdadera “identidad”. Inicia este drama singular, de humor mordaz, pletórico de reflexiones sobre Dios, el hombre y el significado de la vida.
“¡Oh, Dios!, no es una obra lineal, su argumento está sujeto a la interpretación, todo dependerá del grado de creencia o religiosidad que puedan tener unos, y por otro lado la de aquellos, libres pensadores, alejados de la ortodoxia bíblica, pero sobretodo, el texto es una moraleja existencial. Con la terapia, el Dios humanizado, deprimido, pretende liberarse de culpa, está consciente de lo imperfecta que ha sido su creación, pero al mismo tiempo culpa al hombre, quizás apelando al “libre albedrío”, por la violencia, la guerra y todos los males de la humanidad. La psicóloga descubre un Dios abatido, resuelto a destruir todo lo creado, pero está dispuesta liberarlo.
Los diálogos intensos, revelan la duda de la terapeuta, su crisis de fé, mujer de un mundo interior pletórico de amor por su hijo, cuestiona a Dios y lo enfrenta una y otra vez. Un abrazo al Dios sediento de amor, lo libera, evita el caos, salva la humanidad.
El final es conmovedor, todo una paradoja. David, el hijo de condición especial, al que Miriam ha volcado todo su amor, en un momento sublime, o en un milagro tardío, pronuncia la palabra “madre”. ¿Regresa la fé, o la necesidad de creer?
Los actores, verdaderos héroes de toda puesta en escena, dan vida a este texto. Teo Terrero encarna a Dios, proyectando a profundidad el “personaje”, con dignidad e introspección, matizando sus parlamentos, valorando el verdadero sentido semántico de cada palabra; la gestualidad y la movilidad escénica moderadas que imprime a su actuación, se adecúan al abatido “Ser”.

Hay una verdadera pasión y coherencia en la construcción de su personaje, una kinética orgánica decantada en el trabajo de la voz, pletórica de matices, que logran emocionar. Los diálogos a buen ritmo entre la psicóloga y Dios, atrapan al espectador, un tanto atónito.
La puesta en escena bajo la dirección de Mario Lebrón, mantiene un ritmo sostenido, cada momento es matizado, creando pequeños clímax, acentuados con la iluminación precisa, a que nos tiene acostumbrados Lillyanna Díaz. Digno de resaltar es el instante del abrazo entre Dios y la psicóloga, el sonido, -excelente banda sonora de Ernesto Báez- y las luces intermitentes, enfatizan el momento, el supuesto caos. Magnífica obra para celebrar diez años de PROA.


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