Todas las relaciones tienen sentido

Corazones
“El amor es un acto de valor”.
 
Paulo Freire
 
Ningún encuentro es accidental. Creo que el sentido de las relaciones descansa en la oportunidad que nos brindan para conocernos. Todas las relaciones tienen sentido, porque nos permiten ver nuestras luces y nuestras sombras. Las relaciones son los laboratorios del Espíritu. Al crear una relación, las personas tienen la máxima oportunidad para crecer. 
Esta semana es San Valentín, una fecha que a muchas personas les brinda alegría, en cambio a otras les provoca un gran fastidio. Lo cierto es que esta celebración logra que la mayoría de las miradas estén puestas sobre el amor y las relaciones. Basicamente, las relaciones muestran tres niveles de enseñanza:
 
Nivel I:
 
En los encuentros casuales es donde encontramos más chances de pulir las zonas ásperas de nuestra personalidad. Este tipo de relaciones surgen de los aparentemente encuentros fortuitos, como puede ser dos extraños en un ascensor o dos viajeros que “por casualidad” toman el mismo vuelo.
 
Sin embargo, cualquier característica que surja en las interacciones casuales, inevitablemente aparecerán magnificadas en otras relaciones de más profundidad. Quien se muestra irritable con el mozo del restaurante difícilmente será más agradable con las personas que dice amar.
 
Nivel II:
 
Se trata de un tipo de relación de mayor exposición, en la que dos personas se embarcan en una situación de enseñanza-aprendizaje relativamente intensa por un tiempo considerable, y luego parecen separarse. Las personas se reunen para hacer un trabajo más profundo, que el que podían hacer separados.
 
El tiempo que estarán juntas, favorecerá que pasen por las experiencias que les permitan mirar las lecciones que les hace falta aprender, hasta que llega un punto en que la proximidad física ya no resulta útil para el más elevado nivel de enseñanza-aprendizaje entre ellas. De este modo, la separación física les permite seguir aprendiendo de otras maneras. Esto no sólo significa aprender en otra parte, con otras personas, también significa aprender la lección de puro amor que encierra el hecho de tener que renunciar a una relación.
 
Nivel III:
 
Se da en relaciones que una vez formadas son para toda la vida. Generalmente, estas relaciones son escasas, ya que su existencia implica que los que intervienen en ellas han alcanzado simultáneamente un nivel en el que el balance enseñanza-aprendizaje es armonioso. En ellas la pareja nos ofrece oportunidades ilimitadas de crecimiento.
 
Sin embargo, esto no significa que necesariamente reconozcamos las tareas que nos han sido asignadas en este nivel. De hecho, hasta podemos sentir hostilidad hacia la pareja, ya que alguien con quien tenemos lecciones que aprender durante toda la vida, nos obliga a crecer, y puede ser con amor o con dolor.
 
Un curso de Milagros dice: “Las relaciones son tareas que tenemos que realizar. Forman parte de un vasto plan para nuestra iluminación”. Lo que parece el fin de la relación no es realmente un final, ya que todas las relaciones son eternas. El ego nos tentará siempre a pensar que el fracaso de una relación tiene que ver con lo que el otro hizo mal. Lo cierto es que el éxito de una relación llega cuando ambas personas han aprendido lo que requerían aprender.
 
La oportunidad de desarrollarnos a través de una relación llega cuando ponemos la atención en nosotros mismos. Si creemos que el 95% de los problemas provienen del comportamiento del otro, entonces es necesario enfocarnos en el 5% que tenemos para investigar y aprender. El ego lo sabe, y por eso procura poner el foco en la otra persona.
 
Es muy común oír a la gente quejarse de que su problema es que siempre “se equivoca” al escoger a otra persona. Este tipo de ego “informado” trata de convencernos de que estamos asumiendo responsabilidad. En realidad, lo estamos haciendo en un grado mínimo, ya que señalamos a un “culpable” para mantenernos inocentes.
 
Decir “sigo escogiendo a personas que no son capaces de asumir un compromiso” no tiene nada de responsable. Un planteamiento más sano sería preguntarnos algo como, ¿Hasta qué punto estoy lista para dar y recibir amor de manera comprometida? ¿Cómo puedo asentir a quien en su relación conmigo no pudo ir más allá del miedo? ¿Cómo puedo hacerme responsable del modo en que participé en su miedo o contribuí a generarlo?.
 
El precio que pagamos por no asumir la responsabilidad de nuestro propio dolor es muy alto. Nos aleja de la posibilidad de darnos cuenta de que podemos cambiar nuestras relaciones si cambiamos nuestros pensamientos. El Espíritu siempre nos ofrece la posibilidad de convertir el dolor en fuerza, cuando somos capaces de decir “si” a lo que pasó exactamente como ocurrió.
 
Todas las relaciones tienen sentido, ya que son oportunidades de expandir el corazón y de llegar a amar más profundamente. ¿No te parece suficiente motivo para correr el riesgo? Para mí, ¡sí! Me sintonizo con el pensamiento del escritor y periodista brazileño Caio Fernando Abreu quien dijo: “Antes la inquietud de un amor, que la paz de un corazón vacío”. 

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