Tormentosa madrugada caribeña

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Día martes: ni te cases, ni te embarques, ni de tu familia te apartes. Así rimaban sus presagios fatalistas nuestros abuelos. En la temprana madrugada del 10 de julio de 2018, el Gran Santo Domingo pareció darle la razón a esa deprimente visión ancestral. Como testigo de primera línea quiero compartir una angustiosa y escalofriante experiencia vivida durante ese inolvidable y tenebroso amanecer.
A sabiendas del anuncio meteorológico de probables lluvias, salí como de costumbre a las 3:00 a.m. armado con un paraguas a la rutinaria caminata alrededor del Jardín Botánico capitalino. A los 30 minutos del recorrido, y de un modo brusco, el cielo quisqueyano se transformó en algo que recordaba los fuegos artificiales de la celebración del 4 de julio en territorio estadounidense. Parecía la noche de independencia con encendidos relámpagos multicolores que atravesaban todo el firmamento, seguidos de consecutivas metrallas de ensordeceros truenoscon ribetes apocalípticos. Las tenebrosas luces celestes y el cañoneo incesante simulaban el inicio de la Tercera Guerra Mundial. El constante relampagueo y las tronadas se hicieron acompañar de un torrencial y rabioso aguacero que fue vertiginosamente llenando la Avenida de los Próceres hasta transformar las dos vías en una enorme laguna.
Ante la creciente magnitud del fenómeno atmosférico bautizado con el nombre de Beryl, caminaba por la acera con el agua por encima de la rodilla y habiendo transcurrido apenas una hora, optamos por retornar al hogar. La inundación impedía en ese momento distinguir entre acera y pavimento. La iluminación eléctrica se había interrumpido, hecho que agregaba un nuevo elemento al ambiente de terror. Los escasos vehículos presentes en la ruta estaban detenidos y los más grandes se distinguían por las luces intermitentes que reflejaban.
La plaza Ecuador de Arroyo Hondo semejaba un gigantesco manantial desbordado resultando peligroso y difícil atravesarlo. La antigua calle Camino Chiquito, hoy llamada Luis AmiamaTio simulaba una marejada frente al supermercado El Nacional. El nivel del agua acumulada me llegaba a los muslos y al descender por Cuesta Hermosa en dirección Este- Oeste se transformó en rabioso y crecido arroyo que llenaba ambas aceras, muy deseoso de sumarse a la crecida cañada del sector. Ante la imposibilidad de cruzar hacia mi casa, decidí modificar la ruta transitando esta vez por la calle San Valentín. Craso error de cálculo puesto que esa corta vía hace una profunda hondonada de la cual no me percaté hastaque me vi sumergido con el agua al pecho. Caminé a ciegas y a tientas en la obscuridad, hasta salir del declive e iniciar el ascenso. No quise mirar atrás para evitar que el espanto y el miedo consiguieran obstaculizar el salvo regreso al hogar.
Por fin llegué a la casa brincando charcos y escombros acumulados frente a la residencia. Un baño bajo la ducha me ayudó a remover la mugre y el espanto de una horrorosa caminata. Como remate de la narrativa debo decir que a las 6:20 a.m.marché para el trabajo ubicado en la Ciudad Universitaria, lo que representó una real odisea, ya que todas las vías de acceso estaban inundadas. Deseéconvehemencia poseer un bote para cruzar la intersección de la avenida Ortega y Gasset con la calle Gustavo Mejía Ricart.
El drenaje pluvial mostró su incapacidad para responder satisfactoriamente a los torrenciales aguaceros tan frecuentes en la temporada ciclónica caribeña.