Tras las huellas de la paz

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10 julio, 2005 12:00 am Sé el primero en comentar

OLGA CUBIDES MARTÍNEZ
En un mundo que desde hace décadas no descansa de guerras ni conflictos, construir una cultura de la paz constituye un desafío tan necesario como difícil de alcanzar. Son muchas las instituciones y organizaciones que tienen una larga tradición de trabajo en el tema, y grandes, aunque insuficientes, sus logros. En general, las iniciativas orientadas a construir la paz se han centrado en la resolución de conflictos ya existentes; es decir, en la eliminación de la guerra por la vía de tratados, protocolos, acuerdos y toda clase de documentos que declaran la intención de resolver los conflictos de intereses por la vía pacífica.

Una variante dentro de este enfoque lo constituyen las declaraciones de territorios de paz (ciudades, países, pueblos, etc.), que aunque no resuelven los problemas de fondo en que se fundamentan los conflictos, contribuyen a formar “oasis” de paz, incluso casi en medio de los territorios donde ocurre el fuego cruzado.

La fuerza de estas acciones es eminentemente simbólica, pues constituyen un llamado de atención a las partes en conflicto, a la vez que expresan la voluntad de paz de la ciudadanía.

Un ejemplo son las comunidades de paz en Colombia, pueblos que han intentado convertirse en oasis de paz, después de que el fuego cruzado entre paramilitares, desde la tierra, y el Ejército, bombardeándolos desde el aire, los obligara a huir, y voluntariamente piden ser distanciados de los actores del conflicto y no ser involucrados en una guerra que no consideran suya.

Esta experiencia pacífica, que empezó en 1997, ha tenido luces y sombras. De los diversos procesos que se iniciaron algunos hoy siguen en pie y se han convertido en un símbolo de paz para una nación sumergida en la guerra.

Otro ejemplo es el puente de Mostar, calificado como “símbolo de paz y reconciliación” por dirigentes de diversas comunidades religiosas del país y símbolo del pasado multicultural de esta ciudad. Tras el inicio de la guerra, en sólo 30 minutos quedó destruido, cuando el 9 de noviembre de 1993 la metralla de un tanque del ejército croata acabó con él. En 1998 la Unesco, el Banco Mundial y el Ayuntamiento de Mostar lanzaron un proyecto para reconstruirlo y permitir que pueda seguir ayudando a establecer “puentes” de diálogo y encuentro. (…).

Un paso adelante en las iniciativas por la paz supone no sólo trabajar en la resolución de conflictos ya existentes, sino en incorporar la Paz como valor ético, tanto a nivel interpersonal como social o global. En otras palabras, se trata de construir una “cultura de paz” que se manifieste en todos los ámbitos y niveles de la vida; y no sólo para evitar o superar el conflicto, sino que –yendo aún más lejos– sirva para construir una convivencia “en fiesta”.

También hay ejemplos de experiencias que desde hace unos años abordan el trabajo por la paz desde esta perspectiva.

Por ejemplo, la “Universitas Albertiana”, que promueve las Rutas de la Paz: recorridos para descubrir, visitar y conocer lugares donde se ha ido fraguando la historia de la paz, como forma de resaltar que la humanidad también ha sido construida por personas de paz y no sólo por protagonistas de guerras.

Algunos de los sitios que han recorrido estas rutas son, por ejemplo, Andorra, tras siete siglos sin guerra; Ripoll, localidad catalana desde la cual el Abad Oliva impulsó las “Assamblees de Paui Treva”; Valencia, sede del Tribunal de las Aguas de la Vega Valenciana, una de las instituciones de justicia más antiguas de Europa, que observa las diferencias entre los regantes de la huerta valenciana y que lo ha convertido en un modelo de justicia en el reparto del agua.

También la arquitectura puede desempeñar un papel importante en el fomento de la paz mundial –como asegura Herbert Muschamp, crítico de temas de arquitectura de The New York Times–. “La ciudad es el mejor foro para aprender a vivir con la diferencia”. Los edificios incrustan el ejemplo de la tolerancia en nuestros entornos cotidianos. La arquitectura contemporánea es un lenguaje, o un conjunto de dicciones, con el que nuestras ciudades individuales se ajustan progresivamente a una emergente cultura global”. (La Vanguardia, 11-12-2002).

El director de la “Universitas Albertiana, Jordi Cussó, sostiene que “estos símbolos de paz nos ayudan a valorar aquellas hazañas y acciones que han evitado conflictos innecesarios o han contribuido a consolidar una sociedad más justa y en paz, gracias al diálogo y al acuerdo”. Cussó propone más creatividad y capacidad de invención para proponer nuevos recorridos turísticos, aprovechando la belleza natural y artística de los diferentes lugares que visitamos y procurando que las diferentes rutas turísticas pongan un énfasis especial en la paz o en otro valor fundamental.

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