Trauma fatalmente engañador

En sentido figurativo usamos el vocablo señuelo para referirnos a algo que se emplea para inducir o confundir mediante una engañosa presentación. En el ejercicio de la medicina nos encontramos con pacientes muy quejosos y que luego de exhaustivos estudios resultan no tener una razón orgánica que explique su sintomatología.

En cambio, hay enfermos que no expresan dolencia alguna, en tanto albergan un mal que por dentro los va matando poco a poco. Contaré la historia de un fiel discípulo de Baco de 64 años de edad, quien calmaba sus penas y mitigaba sus dolores en base a múltiples dosis diarias de etanol. A finales de septiembre 2013, de modo inesperado se sintió incapaz de sostener su equilibrio vertical cediendo involuntariamente a las fuerzas de la gravedad, cayendo tendido en el piso, sin poder de nuevo levantarse sobre sus pies. Fue conducido en estado comatoso a la emergencia hospitalaria. Los estudios de imágenes mostraron varias fracturas de costillas en la parrilla izquierda.

El examen físico resaltó leves rasguños en la región fronto-temporal izquierda. No había rotura de los huesos del cráneo ni hemorragias dentro de la cabeza. Trece días permaneció el lesionado en la unidad de cuidados intensivos sin que lograra jamás recuperar la consciencia. Lo declararon muerto el 10 de octubre de 2013.

El diagnóstico del centro especializado en golpes y accidentes fue de trauma cráneo encefálico severo con lesión axonal. Sencillo sería asumir que tras una borrachera aquel infeliz cayera al suelo sosteniendo un daño mortal. De sobra se narran historias de sexagenarios jinetes que han sido visto desprenderse del lomo de su montura, o que simplemente “los tumbó el caballo” pereciendo en el acto. Sin embargo, en medicina la suma de dos más dos no siempre da cuatro. Así como sabemos que hay cosas que colgando parecen otra cosa, también suelen verse señuelos variopintos en el arte hipocrático.

A través de la autopsia el anciano prematuro nos dijo que lo de su aterrizaje brusco era, si se quiere, un chiste de mal gusto; un simulacro cuyo costo fue la fragmentación de algunos arcos costales ubicados en la zurda corporal, ninguno de los cuales tuvo carácter mortal. También nos manifestó el difunto que entretuvo a los neurocirujanos con su daño neuronal terminal e irreversible.

Expresó que lo que más le dolió hasta su deceso fue que no lo visitara un cardiólogo desde la emergencia hasta su lecho en la sala de intensivos, y que, si lo hizo, no le prestó los cuidados de experto que su caso ameritaba. Nos enseñó con pena y dolor un extenso infarto de toda la pared y septum del ventrículo izquierdo de su enfermo corazón. Nos señaló su arteria coronaria derecha obstruida por placas de ateroma que provocaron el evento cardiaco agudo fatal. Incapaz su corazón de enviar oxígeno y alimento oportuno a su exigente cerebro hizo que perdiera la consciencia de modo irremediable.

Quizás con el arribo del 911 mucha gente entrada en edad sea atendida de manera oportuna y eficiente, al tiempo de ser llevada a una emergencia con servicio cardiológico de calidad las 24 horas los siete días de la semana. De esa forma evitaríamos las frecuentes visitas prematuras y permanentes de los envejecientes a los cementerios.

 


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