Tres mujeres artistas en el MAM

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(y 2)
Tres vistosos bajantes cuelgan sobre la fachada del Museo de Arte Moderno,
llaman la atención e invitan a entrar. Anuncian las exposiciones individuales de Inés Tolentino y Rosario Rivera, ambas en la segunda planta, mientras Iris Pérez ocupa la totalidad del sótano y el patio español.
Iris Pérez y “La anatomía del ser”. Dicen que veinte años no son nada, una afirmación a analizar… En el caso de Iris Pérez y de su obra, han transcurrido prácticamente veinte años desde que la conocimos, y siempre la apreciamos como si la estuviéramos descubriendo… Partiendo de sus inicios, ella (man)tuvo una creación incontenible, una productividad impresionante, una convicción indomable. Debemos referirnos a su estilo tan personal, que integra pulsiones y palpitaciones, que genera una energía compulsiva, que alcanza la emoción participante del espectador. Resulta fascinante ver a Iris pintando y dibujando, más bien pintando dibujando, centrada y concentrada, comprometida siempre, comedida nunca.
Entonces, diríamos que ella jamás ha cambiado: su yo profundo transmite una intensa espiritualidad, una fe vibrante de amor para los demás, que le responden y la quieren. Sin embargo, ella ha evolucionado. Si sus imágenes siguen siendo fáciles de acceso e inmediatamente identificables, las criaturas que las pueblan ya no están encerradas, solas y paralelas, casi estáticas en su hábitat y proximidad urbana, alienadas en su ansia de libertad, al menos así las percibíamos. Hoy, ellas se mueven, se juntan, establecen una “conexión vital” con la naturaleza –sea un árbol o la familia–, monologan y dialogan. Ciertamente, la (inter)comunicación de “sus” mujeres ha mejorado: estas se han vuelto más fervorosas y expresivas hasta conformar un rostro agigantado de mirada penetrante en “La noche y los cocuyos”. Solo nos inquieta cuando de repente algunas aparecen sin brazos, ¿signo y símbolo de impotencia… o ya no se requiere luchar?
En fin, ese mundo expresionista, mayormente femenino, magistralmente trazado y negado a la pulcritud sofisticada, asciende al clímax de la expresividad, en blanco y negro o con toques de color. La muestra multiplica los ejemplos de una iconografía inconfundible –poco importan las series–, ¡Este despliegue de dibujos y pinturas, a menudo indisociables, constituye aquí la gran exposición!
El papel continúa siendo el soporte privilegiado de la obra bidimensional de Iris, incuestionable con excepción de una “re-escritura” y garabato –voluntariamente ilegible– de poemas y versos, cuya motivación no llegamos a descodificar, fuera de la atracción cultural.
Algo más. La escultura, impactante sobre todo cuando la terracota acompaña la madera, propone varias buenas piezas, pero su presencia es aquí secundaria. Nos alegró ver de nuevo las “coccinelles” en torno a un corazón abierto como una ofrenda: Iris Pérez disfruta la cerámica y la hace disfrutar.
Ahora bien, con excepción de esa última obra, la contundente exposición de Iris Pérez hubiera tenido mayor coherencia y fuerza aún sin la parte colocada en el patio español. Ni la portentosa instalación-jardín, ni los pedestales y desechos de terracota, ni el sorprendente lagarto reciclado corresponden al encanto de las piezas gráfico-pictóricas y de la cerámica, recién desarrollada.
Sabemos que esta extrema diversidad de categorías –que incluye acción performática y pluralidad sensorial– se debe al temperamento de la artista, su generosidad, su mística de la entrega. Sin embargo, Iris Pérez, talento prominente, nacional y ya internacionalmente, puede cuidarse de su propio entusiasmo…
En pocas palabras, “La anatomía del ser”, en el MAM, a la vez encanta y abruma.


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