Un día que vivirá
en la infamia

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28 abril, 2008 12:00 am Sé el primero en comentar

HAMLET HERMANN
“Ayer, diciembre 7 de 1941, será un día que vivirá en la infamia. Estados Unidos de América fue sorpresiva y deliberadamente atacado por fuerzas navales y aéreas del imperio de Japón”. Así empezó el discurso que el presidente Franklin D. Roosevelt pronunció ante el Congreso de Estados Unidos en el que declaró la guerra al imperio japonés, por la agresión a la isla hawaiana de Oahu donde estaba enclavada la base naval de Pearl Harbor.

También los dominicanos tenemos un “día que vivirá en la infamia”. Ese es el 28 de abril de 1965 cuando, por tercera vez en el siglo veinte, tropas estadounidenses violentaron el espacio territorial dominicano en flagrante violación a la soberanía de un país independiente. En esto se diferenciaba de Hawaii, un territorio que, anteriormente, había sido ocupado militarmente por Estados Unidos para asentar su poder militar en medio del océano Pacífico.

Hoy se cumplen 43 años de aquella infamia, mientras el país se encuentra inmerso en la etapa final de una campaña electoral denigrante. Y precisamente por esa particularidad del proceso político, ninguno de los candidatos a la Presidencia de la República es capaz de denunciar el carácter agresivo que han mantenido los gobiernos de Estados Unidos a lo largo de la existencia de nuestra república. Por el contrario, llegan a decir que ese asalto a nuestra soberanía salvó la democracia dominicana del comunismo. Y por eso estamos como estamos.

Uno de ellos se enorgullece de dirigir lo que califica como el “patio trasero” de la nación más poderosa del mundo. Otro se angustia terriblemente cuando se rumora que le han suspendido la visa que le permitía entrar a territorio estadounidense. El servilismo se evidencia inadvertidamente cuando giran sus bisagras en el lomo. De poco debe servirles el discurso del Presidente de la República en armas, Francisco Caamaño Deñó, cuando entregó el mando el 3 de septiembre de 1965. Entonces dijo:

“Desgraciadamente, el 28 de abril, cuatro días después de iniciada la Revolución, cuando la libertad renacía vencedora, cuando todo un pueblo se volcaba fervorosamente hacia el encuentro con la democracia, el gobierno de los Estados Unidos de América, violando la soberanía de nuestro Estado independiente y burlando los principios fundamentales que sostienen la convivencia internacional, invadió y ocupó militarmente nuestro suelo.”

“¿Qué derecho podían invocar los gobernantes estadounidenses para atropellar así la libertad de un pueblo soberano? ¡Ninguno!”

“Se hacían culpables de un gravísimo delito, de un delito que atentaba contra nuestra nación, contra América y contra el resto del mundo. El principio de no intervención, base fundamental de las relaciones entre los pueblos civilizados, fue tan brutalmente desconocido que aún se escucha por toda la vastedad del planeta el eco de la más dura repulsa contra los invasores.”

“La humillación que el gobierno de los Estados Unidos de América del Norte hacía sufrir a la República Dominicana, militarmente invadida, significa también una dolorosa humillación para toda América. ¿Qué normas, qué principios, pueden servir a las naciones americanas para hacer valer su vocación y su derecho a la independencia, cuando los gobernantes estadounidenses decidan, con vanas excusas y apoyados en las fuerzas de sus cañones, imponerles su destino político? ¿Qué organismos, qué instituciones serán capaces de defender esos derechos y de alentar a los pueblos a ejercerlos, sin temor a la intrusión de los que se han erigido en árbitros de la determinación ajena?”

“Para desgracia de la República Dominicana y para desgracia de América, la Organización de Estados Americanos en vez de asumir la defensa de nuestra soberanía, en vez de sancionar severamente la intervención militar para hacer valer, de este modo, el honor a los principios que dice sustentar, no sólo se colocó de espaldas a su propia carta constitutiva, sino que también empujó, aún más, el puñal que hoy se clava en el corazón de nuestra patria.” Palabras como estas, plenas de dignidad patriótica, nunca saldrán de labios de los candidatos que ahora se disputan el erario para disfrutarlo como propio. De ahí que a estos candidatos no les interesen para nada la historia del pueblo dominicano y sus héroes ni que se recuerde el día de la infamia.

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