Un modelo socioeducativo replicable en todo el país

656565

La transformación social del municipio de Consuelo comenzó en la escuela, vivero de saberes y valores que trascienden al hogar y a la comunidad, triple acción de un modelo educativo integral que aúna ciencia y ética, que además de cimentarse en los contenidos académicos y el avance tecnológico, se orienta a la formación humanista, a la construcción de una ciudadanía activa, responsable, solidaria.
Escuela-hogar-comunidad interactúan, mantienen un flujo y reflujo de valores humanos, crean sinergias que impulsan el desarrollo personal y comunitario, renuevan mentalidades y actitudes, optimizando el trabajo, posibilitando la cooperación creativa en la búsqueda de soluciones a nuevos y añejos problemas.
Lo aprendido en el aula repercute en el hogar, se vuelca a la calle con el orden y la higiene, el respeto a las normas y el derecho de las personas, en la calidad y humanización del servicio. Se expresa en las artes y los deportes, aliados del proceso enseñanza-aprendizaje, esparciendo el espíritu con música y bailes, con violines y cantos del coro y la orquesta en el centro cultural comunitario.
Un legado de amor. Magna obra, legado de las Hermanas de la Inmaculada Concepción, de Canadá, un modelo inclusivo que revela el poder del aprendizaje transformador, que fomenta la cultura de la educación y coadyuva a la civilidad, a la convivencia democrática.
Logros de un trabajo metódico, sistemático, de la mística que impregna de amor la docencia en planteles que buscan la excelencia académica, más de diez mil alumnos y alumnas en escuelas básicas y secundarias, un politécnico y un centro de formación técnica de adultos. Todos públicos, gratis.
Una obra colosal que tiene como fuente de inspiración a Sor Leonor Gibb, maestra de generaciones que revolucionó la educación en este municipio de la provincia de San Pedro de Macorís, que aún no se resarce de la recesión económica en que lo sumió el cierre del ingenio, su principal fuente de empleo.
Consuelenses recuerdan los esfuerzos y fatigas de aquella monja veinteañera de profunda mirada azul y el asombro en el rostro ante una espantosa realidad: el trabajo esclavizante en los cañaverales, pobreza, marginalidad, condiciones infrahumanas que junto a Sor Ana Nolan, que las lideraba, y Sor Susana Daly, comenzaron a cambiar.
Sor Leonor, “Madre de la Educación de Consuelo”, talento y recia voluntad en acción, motoriza el trabajo de un equipo integrado por las religiosas Natividad Rosa, Catalina O’Shea y Altagracia Contreras, por maestros y maestras de acendrada vocación y un compromiso común que también involucra al alumnado, a sus padres y madres, a todos los comunitarios.
El innovador modelo educativo que luego se extendió a la salud y servicios sociales, comenzó a gestarse en 1959, germinó y evolucionó durante el largo trayecto de casi seis decenios, avalando su calidad y sostenibilidad.
El proceso de maduración de este esperanzador fenómeno socioeducativo desarrollado pese a las limitaciones financieras y en un contexto económico bastante deprimido, ameritó dedicación, perseverancia, paciencia, la incesante labor en la forja de individuos con un alto sentido de la honestidad y la responsabilidad, del trabajo en equipo, disciplina y respeto y solidaridad.
Esos y otros valores intrínsecamente vinculados con su vida y función en la sociedad, enseñados desde la niñez, internalizados y practicados en la escuela, el hogar y la comunidad.
Tal es su impacto que fue denominado el “Milagro de Consuelo”, título del libro de la prominente educadora Leonor Elmúdesi Espaillat, editado por Acción Empresarial por la Educación (Educa), como manual de consulta y fuente de inspiración de la educación dominicana.
¡Un milagro!, si se considera la necesidad de multiplicar cada día los “panes y los peces”, los limitados fondos que manejan con racionalidad y transparencia.
¿En qué consiste el milagro de Consuelo? Ante la pregunta, brota la risa fácil, el humor que aumenta la jovialidad de Sor Leonor, quien jocosamente responde:
__Que yo esté aquí todavía.
Dios lo permite, Consuelo y el país la necesitan. Su presencia es luz, confianza, esperanza de concretar proyectos pendientes, pues, aunque monumental, la obra aún no ha terminado, sobre todo en lo concerniente a la creación de fuentes de empleo.
A seguidas, su semblante se torna reflexivo y, en voz queda, responde la pregunta:
__Es un cambio de vida en el sentido de que la gente aprecia ahora que la vida es un regalo de Dios y están tratando de vivir de una manera en que se están ayudando unos a otros. ¡Es amor, amor, amor…!
Amor en cada acto, cada día, cada instante, en todo lo que se hace. Amor a todos y todas, expresado en el servicio desinteresado. Es educar para la vida, con el compromiso de impulsar el bienestar colectivo. Dar ejemplo, compartir, servir.

La religiosa cita elementos esenciales que sostienen la obra: respeto, autoestima, no dejar nada al azar. A la vez, la música y el deporte, gran ayuda para atraer y retener a los alumnos en el aula, evitar la deserción, descubrir talentos.
Orden y disciplina son valores inculcados, sin embargo, aclara que no se trata de autoritarismo, sino de autodisciplina, de acciones que surjan del interior, como un dictamen de la conciencia. El sentido del deber dictará la acción correcta en cada momento, situación o circunstancia.
Así, en el arduo quehacer cotidiano, se afianzó un modelo que confirma el poder de la educación en valores como constructora de ciudadanía, despertando la esperanza de que otro país es posible.
Un anhelo factible si en el sistema educativo nacional se aplican sus efectivas prácticas pedagógicas, garantizando maestros con la debida formación y vocación, el firme compromiso y la entrega.

LAS CLAVES

1. Dignidad humana

Los centros supervisados por Sor Leonor Gibb imparten una educación enfocada a fortalecer valores que promuevan la dignidad humana, el gran potencial del individuo. Educan jóvenes con dominio de los contenidos académicos, capaces de integrarse a la sociedad en actitud de crecimiento personal y laboral, fomentando una identidad personal y social basadas en los principios de libertad, participación y correspondencia social, en los que se exprese en el amor a Dios, a la patria, a la naturaleza y a sus raíces. A la escuela Divina Providencia siguió la Antonio Paredes Mena, liceo Sor Ana Nolan, las primarias Sor Leonor Gibb y María Margarita de Youville y el Politécnico Inmaculada Concepción.
2. Respeto
Promueven el respeto a la persona y a la naturaleza. Desarrollan la tolerancia, apreciando las diferencias, colaborando en paz y armonía, sin prejuicios raciales. “Tomó tiempo lograrlo, años de prédica y ejemplo, de consejos, de mucha paciencia”, enfatiza la religiosa.
3. Autoestima
Los consuelenses sienten hoy el sano orgullo por la educación y otros logros alcanzados. Pero al llegar al batey, en 1959, las monjas encontraron una población con un hondo sentimiento de minusvalía. Alumnos en quienes la pobreza impedía el desarrollo pleno del talento y el espíritu. Tuvieron que trabajar arduamente para elevar la autoestima, un ingrediente muy importante, indica Sor Leonor. Una misión del maestro a fin de potenciar en el alumno su desempeño en el aula y en la vida.