Un perfil muy peligroso

Millizen Uribe

Recientemente, en nuestro amado país han tenido lugar dos incidentes violentos, penosos y muy lamentables que llamaron mi atención. El primero se trató de un roce de vehículos en la avenida George Washington, conocida como El Malecón, que terminó, de manera prematura, la prometedora vida de una joven de 24 añitos de edad, estudiante de medicina, y que dejó herido a su novio.
El segundo fue una discusión por un parqueo cuya consecuencia final fue un saldo mortalmente múltiple: tres personas muertas y un niño de cuatro años herido y traumatizado.
Lejos de verlos como dos hechos más de la criminalidad que nos arropa, pienso que, por el contrario, ameritan un análisis sosegado, una reflexión profunda, acerca de las circunstancias, las víctimas y los agresores.
Así lo hice, porque en cierto modo me llama la atención la criminología, y al hacerlo pude ver que ambos hechos tenían un perfil similar: los agresores son oficiales, en el primer caso, un capitán de la Fuerza Aérea Dominicana (FARD), y en el segundo un raso de la Policía Nacional.
Esto, por supuesto, es escandaloso, porque revela, dicho en términos populares, que el “queso está en manos del ratón” (para hacerle un poco de justicia a Lutero), debido a que aunque uno reconoce que es bastante irritante que te choquen tu vehículo o que llegues a tu casa, cansado de trabajar, y encuentres a alguien en tu parqueo, la respuesta no es y nunca debe ser matar a una persona.
Lo peor es que, de acuerdo a las autoridades policiales, en al menos uno de los casos, hubo algún grado de acechanza porque los agresores persiguieron a sus víctimas hasta matarlas, desmontando la tesis de que fueron crímenes productos de la “sangre caliente”.
Es por eso que, repito, estos hechos, lejos de verse como “otros casos más”, deberían mover a la acción, al cambio. Lograr que los organismos policiales y castrenses del país analicen bien el perfil de las personas antes de aceptarlos como miembros y dotarlos de armas de fuego.
Que le desconstruyan esa cultura violenta y represora, para que entiendan que su labor no es estar por encima de los civiles, ni maltratarlos, ni abusar de su poder, sino protegerlos. Ambos oficiales debieron reaccionar de manera distinta, pero no lo hicieron por eso hoy hay cuatro dominicanos menos.
Y esta cultura antiviolencia hay que extenderla a la sociedad dominicana completa, donde hemos visto casos de hijos matando a sus padres, de padres violando y golpeando a sus hijos… evidencia de que la sangre ya llegó al río. ¿Esperaremos que nos salpique a todos para actuar?


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