“Un tonto en una caja” HUMOR E IRONÍA

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Siguiendo las consideraciones del dramaturgo español, nos dirigimos el pasado domingo a la Ciudad Colonial, con el propósito de pasar una tarde entretenida en el Teatro Guloya, donde “Producciones Noventu” presentaba la obra del argentino Martin Giner, “Un tonto en una caja”, bajo la dirección de Noel Ventura, quien además actúa.
Pero el argumento de Giner no es una tontería, pletórico de humor a manera de fábula crítica, nos presenta a tres personajes, representantes de los diferentes estamentos de la sociedad, que bien puede ser la nuestra.
El “Notable”, representa el poder, económico y político, el “Grande”, es el instruido, arribista y “lambón”, y el “Pequeño”, la clase baja, al servicio de los poderosos, considerado como un tonto, pero lo es, solo en apariencia. Desde la perspectiva social, los personajes son reales como lo es la lucha por el poder, la lucha de clases, pero la obra no va específicamente por ese camino.
Todo inicia cuando el “Notable” invita a su casa al “Grande” y al “Pequeño”, para mostrarles el regalo que ha recibido, una Caja de Cristal, con poderes mágicos, cuyo remitente es “El Diablo”. Al “Notable” solo le queda un año de vida, pero podría alargarla si encuentra un voluntario, o un tonto que entre en la caja, para lo cual deberá elaborar una serie de estrategias.
Durante el encuentro “ameno” se producen diálogos y algunos soliloquios, cargados de humor e ironía, donde cada uno expone su visión amplia de la sociedad, cuestiona las instancias de poder, las injusticias que dan lugar a la diferencia de clases, a la sumisión de una a la otra.
Giner rodea su fábula, de un halo de misterio, elemento muy bien utilizado, dando cabida a la superstición, el creer o no diferenciará a los personajes, y todo apuntaría hacia uno de ellos, pero nada es lo que parece.
La puesta en escena creativa, concebida y dirigida por Noel Ventura, encuentra la partitura textual, la concreción escénica más apropiada al espectáculo, y utiliza la técnica “clown”, considerando que “El clown es el arte del placer por la tontería”.
Los actores representan sus personajes con acierto, y extrovertidos, rompen la “cuarta” pared, creando un vínculo permanente con el público. Miguel Lendor (Papachín) parsimonioso y patético es “El Notable”; Patricio León, exquisitamente ridículo, con gesto elocuente y andar chaplinesco, pero sin bastón, es “El Grande”.
Noel Ventura, es “El Pequeño”, y en movilidad constante, con el rostro expresivo y mirada artera, nos hace cómplices de lo que realmente es, y de lo que aparenta ser; la moraleja sería, “el prejuzgar, nos podría jugar una mala pasada”. Con capacidad imitativa su voz en algún momento nos remite a un personaje de nuestra farándula política. Noel es todo un histrión, un verdadero clown.
El ritmo del espectáculo pautado por el director, marca la rapidez de los cambios, las transiciones entre cada actuación, es elemento sensible, vital en la percepción de la obra, y en este caso el ritmo farsesco, adiciona a la propuesta escénica.
La escenografía creada por Iván Álvarez es hermosa, nada falta, nada sobra, es elemento dinámico y plurifuncional de la representación. El diseño de luces –no sabemos de quién, no aparece en los créditos- enfatiza momentos claves. El vestuario, diseño de César Ramos, y el maquillaje, son fundamentales, en estos personajes bufonescos.
El público, algunos cubiertos con capas de colores, que se identifican con los actantes, y que han sido parte de la acción, aplaude y se aplaude, la satisfacción cubre los rostros. Definitivamente como decía Mihura, el humor, es lo mejor para pasar las tardes. Finalmente, ¿quién es el tonto? Descúbralo asistiendo al Teatro Guloya.


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