Una extraña conducta, ¿quién la explica?

No he leído, y ojalá que se haya escrito, el resultado de un estudio sobre la conducta humana que explique, que tipifique, que analice y concluya con una tesis convincente, sobre por qué los dominicanos no exigimos, no imponemos, no actuamos para que los malos, los que violan todos los principios constitucionales, legales, humanos, vayan a dar con sus huesos a la cárcel.
Desde siempre los espadones y los maquiavélicos se han impuesto y a través de triquiñuelas, imposiciones, abusos de autoridad y opresión, y se han burlado de todos nosotros.
Habrá que averiguar si es que tenemos una infinita capacidad de perdón, o si se trata de permisividad excesiva, o acaso desinterés, puede que desconocimiento y lo peor es que sea el ejercicio de una inexcusable cobardía que congela la capacidad de respuesta ante la delincuencia.
Aún se discute si los restos de Pedro Santana deben permanecer en el Panteón Nacional debido a que encabezó el movimiento de generales y políticos de primera línea que declinaron la Independencia Nacional para reconvertirnos en colonia española.
Y surge la pregunta: ¿continuaremos con la actitud denunciada por Henríquez y Carvajal de reconocer nuestros grandes hombres cuando son nuestros grandes muertos? O lo que se puede entender como que al juzgar a los hombres debemos verlos por cómo mueren y no por toda su hoja de vida.
El olvido, el perdón, debe ser otorgado a quien ha demostrado con hechos fehacientes que sus acciones erradas fueron fruto de errores no de ambiciones bastardas, dañinas para quienes perseguimos el bien común.
Los herederos de los corruptos, ladrones y asesinos de los gobiernos de los tiranos general Ulises (Lilis) Heureaux y generalísimo Rafael (Chapitas) Trujillo, nunca fueron encausados como debieron. A muchos se les permitió fugarse hacia el extranjero y volver cuando sus opositores habían sudado la fiebre.
Asesinos, ladrones de tierras, desfalcadores del Estado, prevaricadores, corruptos, violadores de jóvenes vírgenes, hijas de familias empobrecidas, compradas a precio vil, por el peso de sus pechos turgentes y cuerpos de curvas enloquecedoras.
¿Cómo se explica que generación tras generación los dominicanos callemos ante la delincuencia que se enriquece, de manera asquerosa y vulgar, al amparo del abuso de poder, mediante el recurso del tráfico de influencias?
¿Será que la corrupción se ha convertido en un cáncer con metástasis en todo el cuerpo social de la República?
¿Será que actuamos con una excesiva práctica del sentimiento del perdón?
¿Será que preferimos callar, de manera conservadora y cobarde, porque ”en boca cerrada no entran moscas?”
Falta el estudio que demuestre cómo es posible que al cabo del tiempo sigamos practicando aquello de “no hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista”.