Una familia incomprendida

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“Lo que Federico Henríquez y Carvajal demostró en toda su vida fue honradez en el desempeño de sus funciones, apego a los principios de convivencia social y servicio a la comunidad en el ejercicio profesional como médico. Ni se enriqueció ni se apartó del pensamiento político dominicano aunque por razones familiares vivió el drama de las familias separadas, alternando sus residencias en La Habana, Santiago de Cuba y Santo Domingo”.
La aseveración fue hecha por el escritor, historiador y sociólogo Miguel D. Mena, el que ha estudiado con dedicación y profundidad a la familia Henríquez, aportando revelaciones. Es el autor de las Obras Completas de Pedro Henríquez Ureña, publicadas en 14 tomos por el Ministerio de Cultura, y de la reedición de Mi padre, Perfil biográfico de Francisco Henríquez y Carvajal, de Max Henríquez Ureña. Ha realizado investigaciones sobre esta sobresaliente estirpe en viajes y estadías en México y Buenos Aires donde consultó el acervo que conserva Sonia, hija de Pedro.
“Ahora que voy a sacar estos papeles, los más personales que ella conserva, te puedo adelantar: cuando Pedro viene a Santo Domingo en 1931, tiene consciencia de que lo suyo era temporal, y a pesar de que trajo a su familia sabía que ya no encajaba en su país, que no albergaba ningún sueño en torno a los destinos dominicanos”.
Pero Miguel concentra sus defensas en Francisco (don Pancho), despejando “un mar de especulaciones y mitos” que se han tejido alrededor de él y sus descendientes.
Destaca que Henríquez y Carvajal “vivió básicamente del ejercicio de la medicina, y a pesar de que recibió una beca de Lilís para especializarse en París en 1887, devolvió con creces la inversión con muchas consultas gratis que daría”.
Recuerda los operativos en los que participó tras el paso del ciclón de San Zenón y significa que al margen de la medicina fueron escasas sus remuneraciones como político. “Ni siquiera pudo tener una casa propia en Santo Domingo”.
Enfatiza que tal vez por su visión hostosiana “y rasgos de cierto ascetismo no comprendió la política como muchos dominicanos, en las barricadas. Aun así, no hay pruebas de que se haya beneficiado económicamente de gobierno alguno”.
En cuanto a Lilís, manifestó D. Mena que no haberlo enfrentado con las armas o en la prensa “no lo convierte en un “súbdito” suyo. Se distanció de esa dictadura prefiriendo instalar una praxis y mudarse a Cabo Haitiano con sus hijos”.
Ausencia de Henríquez. A Francisco Henríquez y Carvajal se le critica por no haber vivido en República Dominicana entre 1922 y 1930. “Esa ausencia no lo convierte en un desinteresado de los destinos nacionales. Entre 1916 y 1922 pasó casi todo el tiempo en labores nacionalistas, viajando, denunciando la Ocupación Norteamericana en diferentes países de América Latina y Europa, casi siempre a costa de su segunda familia”.
En 1922, acota, se asienta en Santiago de Cuba teniendo que hacer una pausa. “No daba más. Es un padre luchando con la viudez, con los hijos de su segundo matrimonio que ya están en plena juventud. Como el trabajo de médico no era suficiente, tiene que dar clases de francés”.
En 1924, prosigue, se opuso al Plan Hughes-Peynado, “pero no encontró espacio dentro de los caudillos reinantes. Para los que habían pasado por un siglo XIX pletórico de guerras civiles y la ocupación militar norteamericana, la aparición de Trujillo debió haber significado un principio de esperanza. Él regresa en 1930 sin nada en las manos”.
“Su hijo Max operó entonces como el promotor de un gran encuentro familiar en función de colaborar con el régimen de Trujillo: Pedro se encargaría de la Superintendencia y Francisco sería designado embajador en París en 1933”. Pero Pedro, reitera, no soportó la situación y se marchó el mismo año. Don Pancho tuvo que desistir de la misión “porque Francia no aplicó los principios diplomáticos de reciprocidad. Regresó brevemente al país pero luego se fue a Santiago de Cuba donde falleció en 1935”.
Relaciones extramaritales. Miguel dice que este es otro mito en torno a los Henríquez y que cuando Francisco se casó con Salomé tenía 21 años y ella 30, “lo que para el contexto de la época era algo “impensable”, relata, y cita a Silveria de Rodríguez Demorizi quien anotó que entonces “a las niñas no se les alfabetizaba para que no se enamoraran”.
Lógicamente, agrega, “el tema de una mujer –Salomé- que tiene que criar a sus tres primeros hijos, que luego enferma y estando así gesta una nueva criatura, Camila, y el peso de la escuela, más tarde la ausencia de Hostos, que fue como perder el techo”. Y comenta: “No digo que tener hijos y relaciones extramaritales, como las que Francisco tuvo, son acciones legítimas, pero creo que hay que situarlo en un contexto menos moralista. Cuando tratas la historia no buscas juzgar sino plantear los hechos y determinar su proceso, sus razones, pero no lanzar un veredicto a partir de la hora de ahora”.
Expresa que también se ha creado la leyenda de Francisco como un mal padre para Pedro, lo que considera incorrecto. Precisa que ni en las Memorias ni en el Epistolario de Pedro ha encontrado rencor del humanista hacia su padre. “Ambos se trataron con respeto, sin mucha calidez pero también con mucha sinceridad. Hay historias de las que no se habla o se habla mal. Por ejemplo, el duelo que tuvo el hermano mayor de los Henríquez Ureña, Francisco, en el que muere otro joven: No se trató de un homicidio, aunque al final hubo una muerte, que como todas, es algo lamentable”.
A los Henríquez los enaltecen y también les señalan malos actos argumentando que es justo, por respeto a la verdad histórica, se le observa a D Mena, y responde: “Especular sobre Francisco Henríquez y Carvajal y los tres Henríquez Ureña que se destacaron se ha convertido en una de las zonas comunes de nuestra vida intelectual. Ya sea en las pugnas que Francisco tuvo con el padre Billini o por la batería anti-henriquezureñista, entre los que podríamos contar a Alcides García Lluberes, Juan Isidro Jimenes Grullón, entre otros, hasta llegar a las novelas de Julia Álvarez o de Mario Vargas Llosa. Sobre esta familia se especula más que lo que se investiga”.
Afirma que esto se podría evitar “si nuestros historiadores e intelectuales” se ocuparan de leer sus catorce tomos de las Obras Completas. Hay un texto totalmente desconocido para el público, que lo recuperé y lo integré dentro de esas Obras, el que escribió a raíz de la muerte de su padre y que publicó en Repertorio americano con su seudónimo de E. P. Garduño (tomo IX, pps. 414-418). Ahí Pedro lo llama “uno de los hombres más puros de América”, resaltando el que casi durante toda su vida ejerciera el papel de médico. Además, también sería bueno recuperar la pequeña antología de textos que de Francisco hizo Pedro: mostraría sus grandes cualidades como pensador, como prosista, como político”.